“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez

CRITICA


  • Patricio Guzmán demuestra que el agua tiene memoria y voz en El botón de nácar

    Julio Verne decía "abre bien los ojos, mira". Sólo cuando uno mira fijamente puede ver. Así parece que, mirando a un riel recuperado del fondo del mar chileno, Patricio Guzmán vio un botón atrapado en él. Un botón que re-escribió la Historia de Chile.

    Aquí radica la grandeza del cine documental de Guzmán, un cine que es capaz de mirar y comprender, que entabla relaciones entre pasado y presente, mar y desierto. Un cine que le ha situado entre los mejores cineastas documentales de todos los tiempos. Su última película, El botón de nácar, ha sido galardonada, entre otros muchos premios, con el Oso de Plata al Mejor Guión en la Berlinale de 2015.

    Guzmán dijo que "un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos". Sus películas contribuyen a la creación de ese álbum de fotos familiar de su propio país. Un álbum sincero que habla de Historia, Geografía, Astronomía, Etnografía, Política, Poesía y Cine.

    Para Guzmán, el documental es "una reflexión sobre el tiempo pasado". Un tiempo que le transporta a la revolución frustrada de Salvador Allende. El fin de esta utopía marcó el inició de su carrera como cineasta. Aunque su cine tiene un gran componente intelectual, su motivación es personal, "a partir de la muerte de Allende, empecé a hacer cine de la memoria, partiendo de mi propia vida, de lo que siento".

    El botón de nácar es una reflexiva mirada hacia la memoria, el genocidio y el universo. Una extraordinaria producción en la que Guzmán poéticamente traslada el ensayo al medio audiovisual, como ya hizo en Nostalgia de la Luz, primera película de la trilogía.

    Guzmán comienza su película con una imagen de una gota de agua atrapada en un bloque de cuarzo hace 3000 años. Una diminuta pieza de historia antigua, como antiguos son los glaciares que emergen de la Patagonia chilena, enormes piezas de hielo que desde hace miles de años circulan en un ciclo constante de destrucción y regeneración.

    Precisamente en este entorno, Guzmán dirige su cámara hacia una de las comunidades indígenas locales, los kawésqar, que prácticamente fueron masacrados por el hombre blanco. Hoy sólo sobreviven 20 personas, quienes todavía conservan sus ancestrales costumbres y su propia lengua.

    Jeremy Button fue el nombre dado por los británicos a un nativo de Tierra del Fuego que en 1830 fue comprado a cambio de un botón de nácar y trasladado a Inglaterra para ser "civilizado".

    Tal y como Guzmán sintetiza en su película, "Button viajó de la edad de piedra hasta la revolución industrial" y cuando volvió nunca fue el mismo, fue un hombre perdido, sin identidad y murió solo.

    Guzmán se inspira en las creencias ancestrales de estos nómadas de las aguas para tejer la trama del documental. La creencia de que el universo está vivo y que el agua tiene voz, una voz que nos relata la Historia. El mar, grandiosa y desconocida frontera de Chile, conserva los secretos del pasado, tiene memoria y Guzmán nos demuestra que también tiene voz.

    El genocidio de los pueblos indígenas se yuxtapone a la tragedia reciente, bajo la dictadura de Pinochet, apoyada por los Estados Unidos durante la década de los 70.

    Miles de prisioneros políticos fueros asesinados o desaparecieron, y muchos de sus cuerpos fueron lanzados al mar. Guzmán recrea este momento para mostrar cómo los cuerpos fueron arrojados desde helicópteros, amarrados a un dique para evitar que volvieran a la superficie o fueran arrastrados hasta la orilla. Pinochet y sus secuaces creyeron que estas fosas comunes en el fondo del océano permanecerían ocultas, en silencio. Pero el mar tiene memoria y voz.

    Recientemente decenas de rieles se recuperaron del fondo del mar chileno. En uno de ellos, expuesto en el Museo de la Memoria de Santiago, se encuentra un botón incrustado.

    El botón de un preso cuya vida fue despojada por la dictadura chilena. Según Guzmán, la similitud entre ambos botones le hizo ver la relación entre ambas historias, pero el nexo principal es el agua, "el mar porque los pueblos del sur se movían por el agua y los otros, cerca de 1 500 personas, fueron los desparecidos de Pinochet, fueron arrojados al mar".

    El botón de nácar es un vívido retrato que ayuda a entender no sólo el patrimonio inmaterial de una nación, sino también el arte del cine de no ficción. Es un ejemplo magistral de documental-ensayo, de sabiduría lírica en primera persona, de extraordinaria elocuencia visual.

    Es también una oda a las comunidades indígenas, a su conocimiento y sabiduría. Guzmán aprecia, a la vez que se muestra escéptico sobre los grandes avances tecnológicos para observar el espacio, manifestando que estas herramientas no nos acercan más al espacio de los que estos nativos sabían gracias a la intuición y la observación.

    En Chile, Nostalgia de la Luz fue visto solo por unos 13 000 espectadores debido a que la mayor parte de salas de cine pertenecen a empresas estadounidenses que no respaldan el cine chileno o más artístico y únicamente se dedican a proyectar blockbusters.

    El botón de nácar puede que tenga la misma suerte. A veces, mirar hacia el pasado, ver las fotografías de tu propio álbum familiar puede ser doloroso pero, como Guzmán demuestra, es necesario para recuperar la memoria.

    (Fuente: diagonalperiodico.net)


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