“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Matar a Jesús, emocionante, desgarradora e hipnótica
    Por Juan Roures Rego

    Contaba Laura Mora veintidós primaveras cuando su padre fue asesinado por un sicario. Tan traumático hecho, tristemente frecuente en la violenta Medellín, es la base de Matar a Jesús, drama con el que la joven ha debutado por todo lo alto como guionista y realizadora. Influida por la obra neorrealista de Víctor Gaviria, la cinta muestra la relación forjada entre una veinteañera y el asesino de su padre, al que ella se acerca con la intención de tomarse la justicia por su mano. Paula, que fue testigo del crimen, no es en absoluto una chica violenta; de hecho, lo primero que hace es recurrir a la policía, pero tan sólo halla incompetencia, desgana y burocracia. De hecho, lejos de ayudarla, las autoridades aprovechan el caso para robar el reloj de su padre, todo un símbolo de una sociedad forjada entre vandalismo y corrupción. Y es que Medellín y la propia Colombia están presentes en cada fotograma de Matar a Jesús, con sus ruidosas y vertiginosas calles traspasando la pantalla para penetrar los ojos y los oídos de los espectadores. Se respira vida, sí, pero también muerte; la inquietud es eterna: no hay un solo instante de calma, sobre todo a partir del momento en que Paula reconoce a Jesús (cuyo nombre no puede ser casualidad), asesino de su padre, y decide hacer lo imposible por ganarse su confianza mientras realiza todo tipo de chanchullos para conseguir un arma (¿cómo?; con dinero —«todo se consigue con dinero»—; o con el alma, que es lo mismo).

    Tal y como cabía esperar, la misión resulta harto complicada, y no sólo porque Jesús tiene los cinco sentidos alerta precisamente por estar acostumbrado a encontrarse en el punto de mira, sino sobre todo porque, conforme Paula y los espectadores llegan a conocerlo, el chico revela un corazón de una pureza insólita para tratarse de un asesino a sueldo. En el fondo, él no es un villano, no uno al uso al menos, sino una víctima más de una sociedad donde los niños se educan en un marco de perenne criminalidad. Es un asesino, sí, pero sólo porque, además de ser incapaz de dedicarse a otra cosa, no es realmente consciente de lo que quitar una vida conlleva: para él, la muerte ya es algo rutinario.

    Filmada con arrojo en las calles de Medellín, Matar a Jesús da comienzo como la clásica historia de venganza, pero se torna poco a poco en algo que va mucho más allá de tan irracional sentimiento. Pese a la similitud del título, la cinta no es precisamente un Kill Bill colombiano; y es que, así como en la obra cumbre de Quentin Tarantino (2003-2004) la vengativa violencia se celebra de principio a fin, en Matar a Jesús todo resulta demasiado cercano, humano y sincero como para poder alegrarse ante cualquier muerte, aun cuando la empatía con los deseos de la protagonista es enorme. Los jóvenes Natasha Jaramillo y Giovanny Rodríguez, ambos exentos de experiencia previa en el campo de la interpretación, encarnan a los protagonistas con una solvencia que da a entender que, bien conocen a la perfección el contexto reflejado, bien poseen un talento innato, bien sencillamente están muy bien dirigidos; y lo más probable es que nos hallemos ante una suma de las tres causas. Y es que, desde las interpretaciones hasta la fotografía (la cual, aunque humilde por motivos obvios, ofrece momentos inolvidables, a destacar las impresionantes vistas desde las alturas y las vertiginosas carreras en moto), todos y cada uno de los elementos del filme se rinden a los propósitos de un guion que emana honestidad por los cuatro costados. Claro, la planificación estaba pensada para ello, desde la decisión de rodar en estricto orden cronológico hasta la involucración de los propios habitantes de los barrios retratados, pasando evidentemente por la completa falta de artificio estético. La odisea de Paula, convertida con celeridad en la nuestra, nos sumerge en una realidad que, aun conocida en su teoría por los libros y los noticiarios, rara vez hemos visto tan bien reflejada, tan dispuesta a atravesar nuestra piel. Matar a Jesús es emocionante, desgarradora e hipnótica, una cruda efigie de un mundo donde algo parece haber fallado que se permite, empero, hacer hueco a la esperanza, elemento que aleja a la película de los clásicos thrillers para tornarla en un conmovedor retrato social que debería remover a vecinos y políticos por igual. La cita inicial de Michel Faucault lo deja claro: «el deber del pueblo es indignarse; el de los gobernantes, reflexionar sobre ello». 85/100 | Juan Roures Rego.


    (Fuente: Elantepenultimomohicano.com)


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