“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

ENTREVISTA


  • Quise narrar un cuento de hadas desde lo mítico
    Por Julián Gorodischer

    Carlos Reygadas cree fervientemente en algunas cosas y las aplica a todo su cine. Pero es mejor empezar por algo en lo que no cree: no le interesa la representación a través de actores profesionales. El pretendido realismo de sus incursiones en la marginalidad mexicana se recrea mediante un ritmo moroso, enrarecido, que incluso habilita, como en Stellet Licht (la película ganadora del Premio Fipresci al Mejor Film Latinoamericano 2007, que viene a recibir al Bafici), la consumación de un milagro. Un mismo procedimiento se reitera en este último film, y en sus dos anteriores Japón (2000) y Batalla en el cielo (2007): un punto de partida testimonial, con incursión directa del artista en el grupo humano o la colectividad que narra (en Stellet Licht, los menonitas del norte mexicano), precede a un guión y un montaje ficcionales que imponen a los protagonistas la regla de no interpretar.

    Reygadas también es “el mexicano” harto de que a las indias de su cine nacional las interpreten las bellísimas Dolores del Río o María Félix; decidió restituir la visibilidad a un mestizaje que recupera incluso la escena sexual que le habían usurpado los cuerpos publicitarios. En ese punto también reacciona contra algunas supresiones que, por reiteradas, sospecha son parte de una pacatería global. “No tengo ningún prejuicio contra el sexo oral –dice en relación a una escena de Batalla en el cielo que en su momento estimuló más comentarios que las notables cualidades del film–, y como tampoco creo que sea malo, no tengo necesidad de recrearlo. Si le vas a disparar a alguien o a clavarle un cuchillo, sí creo que es malo para los tejidos, y sería un incordio que sucediera en una película mía: por eso hay que simularlo. Pero si la persona está de acuerdo, la felación para mí es tan buena como tomarse un jugo de naranja. Por qué diablos la iba a recrear. No entiendo de dónde viene el prejuicio enorme de que el sexo oral es malo para aquel que lo practica.”

    No fingir
    En el principio de Stellet Licht (que en el dialecto menonita en el que fue rodado quiere decir Luz silenciosa) fue un viaje en auto por el norte de México, en el cual Reygadas se dejó atrapar por el paisaje y la cultura menonitas. Hombres y mujeres, en sus films, nunca coinciden con el estereotipo que se tenía sobre determinado grupo. Así como la niña rica de Batalla... se prostituía por dinero, los personajes de Stellet Licht se alejan de la imagen descarnada de la estampita y se hacen cargo de una trama en la que el desamor, el deseo y la infidelidad logran devolver humanidad a figuras unidimensionales, en el imaginario colectivo, reacias al progreso tecnológico.

    “Cuando pasé por la zona de los menonitas fue por casualidad”, recuerda Reygadas. “Y ya venía pensando en filmar una historia de infidelidad. Pensé que era el sitio perfecto para contarla, por las cualidades especiales de esa sociedad desconocida, con lengua extraña. Me permitía narrar desde lo mitológico, como en un cuento de hadas en un lugar hermosísimo. Sabía que ellos rechazan la reproducción gráfica del ser humano, pero dentro de las 150 mil personas habría algunos no tan radicales. Y los encontré. Fui conociendo muchísima gente.

    –¿Costó convencerlos de participar?
    –Las primeras veces nada más daba vueltas en el coche, compraba unas naranjas para tener un mínimo contacto; así iba conociendo gente. Empecé con unas tomas documentales. Algunos no querían hablar conmigo por ser “un forastero”.

    En sus excursiones a tierra menonita se reencontró con la belleza del campo, que se expresa en impresionantes amaneceres y anocheceres que hechizan a través de la pantalla. Ese lugar era “el contexto perfecto” para narrar detenidamente, y así como un reloj se paraliza en una escena, también parece suspenderse el mundo para que los sonidos de la naturaleza condensen una intensidad que estalla en un milagro (que algunos críticos interpretaron como un homenaje o una cita a Ordet, del danés Carl Theodor Dreyer). Cuando le argumentan que hay una correspondencia de planos con aquel clásico del cine, Reygadas responde: “Mucha gente habla de la ligazón con la película de Dreyer, que trata sobre un milagro. Ahí, desde el principio al fin, ése es el motor de la película. En la mía el milagro podría no haber estado, no es para eso ni trata sobre eso. Simplemente ocurre”. La expresividad a cargo de la pareja de Esther y Johan es conmovedora al mostrar el sentimiento de contrariedad (amar doble o no ser amada) y lleva a pensar en técnicas sofisticadas de dirección que despertarían a un actor en cualquier persona con un mundo interior convulsionado.

    –¿Fue difícil dirigirlos?
    –Logré hacer muy buenos amigos, no sólo Cornelio (Wall Fehr, el protagonista). Nunca he trabajado con profesionales; es el único método que conozco. Pero no hay metodología específica, con algunos hay que ser muy didáctico, a otros hay que dejarlos libres, con otros hay que ser más violento. Se trata de comunicar, como con cualquier persona a la que se le dé instrucción. La constante metodológica es que no entren en el papel para ser alguien más. No les permito que se transformen en un personaje que no son. Quiero que sientan la tristeza propia en ellos mismos; no que pretendan sentir la tristeza del personaje, porque ahí siento que empieza la impostura de la actuación.

    No al género
    Una de sus provocadoras afirmaciones indica que “el cine no es para actuar”. Para actuar –considera Reygadas– está el teatro, y sólo porque es un arte joven mantiene aspectos “eclécticos” prestados por otras disciplinas. La seguridad con la que sostiene su particular militancia estética es proporcional a la libertad de las imágenes: la pobreza de la Ciudad de México de Batalla en el cielo, el Via Crucis latinoamericano de Japón y la privación de lo más querido en Luz silenciosa se narran por fuera de la lógica de los géneros, al punto de que una crónica documental sobre una comunidad cerrada puede derivar hacia lo fantástico sin variar el tono. “No entiendo los géneros”, dirá.

    “¡Explíquenme a qué se refieren con cine negro! No veo cómo funciona esa maquinaria estructural. Yo siento que lo más interesante es transmitir la unicidad del ser, la individualidad del que está ahí detrás. Todo lo que afecte a esa búsqueda de unicidad disminuye la potencia del arte.”

    –¿Por qué respetó el dialecto menonita original?
    –Tendría que llevar subtítulos a todas partes del mundo, lo cual le da una neutralidad que buscaba, un poco de abstracción para no preocuparse por acentos o formas de hablar, sino quedarse con un texto lo más depurado posible.

    –Johan podrá “amar a otra mujer” pero no engaña, se autoanaliza, se opone a llevar una doble vida...
    –Yo no creo que haya un grupo humano mejor que otro, y en particular los menonitas no serían un ejemplo de honestidad a nivel grupal. En todas las sociedades hay un grado alto de hipocresía. En toda historia de infidelidad hay gente así. Pero en el cine nos suelen interesar historias de gente más mala que el común. Quizás éstos son un poco más buenos, aunque también caen, también son débiles.

    –Por momentos se podría llegar a dudar, de no contar con información previa, sobre si Stellet Licht es ficción o documental.
    –En su contenido, es documental. La forma es ficción pura, sin punto intermedio. Tanto los personajes como el vestuario y los lugares no fueron alterados. No uso luz artificial. Siempre creí que parte de la belleza del cine es transformar la visión y el sentimiento que produce la vida real.

    No hay freaks
    Pueden verse situaciones extraordinarias que les pasan a personas ordinarias. El desnudo de la mujer gorda en Batalla en el cielo, el seguimiento al hombre-suicida en Japón, el estar fuera del mundo de las criaturas de Luz silenciosa no se confunden aquí con otros ejemplos de la moda de caricaturizar a seres raros como fenómenos de un circo de variedades; se entienden por lo contrario como un pacto de fidelidad recíproca entre Reygadas y sus filmados, que incluye devolverles u otorgarles el sexo, el sentimiento, el idioma, la presencia en el mercado de imágenes.

    “Otro cine no me interesa en lo más mínimo –dice Reygadas–. ¿Si la constante es el desamor? Es sobre la búsqueda de una existencia mejor y la caída continua, y eso implica muchos ámbitos, y obviamente el amor y el desamor. Pero no pretendo hablar del desamor como tal, sino del fracaso permanente y la lucha por el éxito. Y de lo importante que es tratar de tener éxito aunque haya fracasos. Es gente que podría vivir mucho mejor y que por falta de herramientas emocionales no puede lograrlo.

    –¿Se trata de devolver la visibilidad perdida a comunidades o individuos?
    –Cualquier grupo que yo escoja va a parecer muy singular y, por lo tanto, antes excluido. La vida misma en Buenos Aires debe ser muy singular. Los de Japón o Batalla en el cielo son temas que se abordaron cientos de veces en el cine.

    –¿O de escandalizar?
    –Ni siquiera lo voy a contestar. Tú tienes tu idea, eso se siente. No vale la pena argumentar. No puedo explicarle a nadie cómo y por qué amar. Tienes que sentirlo, y ya.

     


    (Fuente: pagina12.com.ar)


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