“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • La Bronca, un lenguaje universal

    Es 1991 y mientras el Perú convulsiona debido al terrorismo, Roberto (Jorge Guerra, el Chalamet peruano) es enviado a vivir a la gélida Montreal junto a su padre (Rodrigo Palacios), quien, siguiendo el ejemplo del recordado Boby López, ahora responde sólo a “Bob Montoya”, en un afán por insertarse como sea en una cultura ajena.

    La Bronca, tercer filme de los hermanos Daniel y Diego Vega, es una película acerca de los muchos (los que pudieron) que se vieron obligados a salir (algunos dirían huir) del país durante esta convulsionada y peligrosa etapa de nuestra historia reciente; pero además habla de algo mucho más universal, la experiencia general del migrante y que “hacer la América” no es tan sencillo como lo pintan.

    Migrar es un proceso de adaptación a una nueva cultura; no se espera que sea al revés. A todas luces, Bob Montoya ha sido exitoso: mantiene una buena familia, maneja un negocio en auge y ya está insertado por completo en la sociedad canadiense. Pero visto más de cerca, lo de Montoya es lo de un perfecto mediocre: infiel a su esposa, inmaduro, haciendo negocios cuestionables muy probablemente destinados al fracaso, creyéndose más “vivo” que los que lo rodean y un largo etcétera.

    Tanto él como su propio guy on the couch, Toño, el amigo vago y expatriado que vive en su sótano (Rodrigo Sánchez Patiño confirmándose como un sólido actor en alza y a años luz de todo lo de “Mi Amigo…”), han llegado a este nuevo país sin dejar atrás su mentalidad limeña, trayendo consigo los peores vicios de una sociedad que en aquel entonces estaba al borde del colapso – y que hasta hoy arrastra muchas taras. Insertos en una ciudad tan fría que invita al aislamiento, ambos se sienten ganadores por haber dejado atrás ese país destruido; pero la cabra tira al monte (como decía el Culepe) y los vicios son difíciles de dejar.

    Dentro de este barril de pólvora aterriza Roberto, cuya fuga no se debe tanto a la situación del país, sino más bien a una situación familiar insostenible; más que huir del Perú, parece estar huyendo de sí mismo. Estos tres hombres son acaso el reflejo de la violencia, agresividad y masculinidad tóxica que se vivía (y aún se vive) en el país y el inevitable conflicto se va a solucionar de la única manera que conocen: a los golpes. Pero lejos de condenar a Bob Montoya, los Vega lo tratan a él y a su entorno con sincero afecto, dejando espacio para el humor y un atisbo de esperanza de que este tipo va a poder superar su inmadurez lo suficiente como para cumplir con su papel de padre, uno que a todas luces no pidió y al fin poder justificar el haber dejado atrás su país.

    Ya lo advirtió hace tantos años Julio Ramón Ribeyro en Alienación, aquel clásico sobre querer insertarte a la fuerza en una cultura que no es la tuya: la migración es un proceso de adaptación complicado del que no todos salen airosos. Algunos lo logran, otros lo hacen a costa de negar sus orígenes; algunos no pueden dejar atrás el lugar de donde fueron pero se rehúsan a admitirlo. Una realidad aplicable en cualquier época y que hace que La Bronca hable un lenguaje universal.

     

     

     

     


     


    (Fuente: necofobia1.wordpress.com)


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