“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Ìcaro o El pájaro de fuego
    Por María Lourdes Cortés

    El título de la película "El pájaro de fuego" (2021), dirigida por César Caro y producida por Drew Irwin me hizo pensar en el mítico Ícaro, aquel joven impetuoso e imprudente al que su padre colocó unas alas de cera, aconsejándole no volar muy alto. Pero Ícaro, orgulloso de su vuelo, subió tanto que se acercó al Sol, la cera se derritió y cayó al mar perdiendo la vida. Me parece que hay un cierto paralelismo con lo que nos cuenta la película de Caro.

    El espacio en que se enmarca la historia podría ser cualquier barrio marginal de América Latina, en nuestro caso se trata de La Carpio, una especie de isla dentro de la isla que algunos todavía creen que es Costa Rica. La Carpio se propone como una comunidad híbrida en la que se unen las pupusas salvadoreñas de doña Juanita, las tortillas con cuajada de los nicaragu¨enses, con la droga que está matando a la mamá de Rachel. Tenemos pandillas pero también la alegría del hip hop y el breakdance, la aparente libertad del fluir de las patinetas así como los graffitis estampados en todas las paredes. Hay casas amontonadas, el trabajo es duro, pero también hay escuelas, un cura interesado en los problemas de los jóvenes y un salón de videojuegos para desquitarse la furia interna. Y un río, un río que parece aislar el barrio del resto del país y dónde los chicos se reunen a pensar. Un río que representa la infancia feliz de los personajes, pero también es el espacio que trajó la droga y la muerte.

    El filme nos presenta la historia de tres amigos provenientes de familias disfuncionales: Tony, sin madre convive con un padre alcóholico y violento; Rachel, no tiene padre conocido y su madre siempre está drogada y de Chayote no conocemos familia. Nuestra época vive una crisis de autoridad simbólica, lease paterna, y hoy la autoridad que representa la ley y la prohibición se ha desdibujado.

    Al inicio de la película Tony mira al cielo -¿deseos de volar?- y luego rueda por las calles en su patineta en medio del gentío, las pulperías y ventas de frutas. Silba al encontrar a su amigo Chayote, con quien se refugia para fumar mota. Luego, en el salón de videojuegos, Tony y Rachel que visten uniformes de colegio, juegan, caminan y se besan como dos adolescentes comunes, como si no estuvieran inmersos en una realidad profundamente injusta que los excluye, en una sociedad que los considera residuos humanos.

    Pero hay un cuarto personaje, Saturno, parece mayor que sus amigos y es grande, gordo y tiene la cabeza completamente rapada. Y sí, tiene cara de malo y es el malo de la película. Como su equivalente en la mitología griega -Crono, el dios que devoraba a sus hijos por miedo a perder su poder y que es asesinado por Zeus, su hijo menor- nuestro Saturno también es el representante del poder mediante la violencia, el miedo y la muerte. Saturno parece que tiene muchos ojos y aparece siempre observando desde las ventanas. El poder de Saturno proviene de la droga dura.

    Por un asunto de dinero, relacionado con Saturno, los chicos cometen un delito y Tony es recluido tres años en un reformatorio. La historia comienza cuando el joven regresa al barrio, dispuesto a rehacer su vida, a empezar de cero. Pero el barrio y Saturno se han convertido aún más peligrosos y violentos que años atrás. Seis meses antes de la llegada de Tony descendió el “pájaro de fuego”, el evento que desencadena todas los conflictos: una “avioneta, envuelta en llamas como un pájaro de fuego” cayó en el río, con un cargamento de cocaína. Los tripulantes murieron y los vecinos aprovecharon y se llevaron algunos paquetes de droga. No se supo muy bien quienes fueron pero a la semana siguiente algunos amanecieron muertos y Tony quiere limpiar el barrio. Pero como dice su amigo Chayote: “Esto es una selva. Usted puede estar muy rico comiendo tortilla con cuajada con su mamá, pero siempre hay afuera un puto lobo esperando.”

    Hacia un cine de la marginalidad

    El tema de las pandillas y las drogas ha sido poco tratado en el cine costarricense, tanto en ficción como en documental. Presos (2015) de Esteban Ramírez y Dos aguas (2015) de Patricia Velásquez abordaron el problema de las drogas. Ramírez lo enmarcó en una prisión, a lo que sumó una historia de amor y el filme de Velásquez se inserta en el contexto de la cultura afrocaribeña, mostrando la degradación que acontece en el Caribe costarricense. Sin embargo, hasta ahora solo el chileno radicado en Costa Rica, Pako González con Tres Marías (2012) había presentado un relato inmerso en su totalidad en la vida urbano marginal y sus diversas problemáticas como la violencia intrafamiliar, la prostitución y las drogas.

    En el caso de El pájaro de fuego, César Caro, curiosamente también chileno, se centra en una de las comunidades urbano marginales más estigmatizadas, La Carpio. El director había trabajado varios años antes en el documental Los maes de la esquina (2013) de Juan Manuel Fernández, que cuenta la historia de superación de tres chicos de la Carpio, entre ellos Larry Olivas (Tony) el protagonista de El pájaro de fuego. A partir de esta experiencia y durante la preparación de su propio filme, Caro fue creando su historia entrelazando las experiencias contadas por los jóvenes con elementos de ficción. Estableció lazos con la comunidad donde encontró a su protagonista, un “actor natural” con muchísimo carisma, al que se suman otros actores profesionales.

    En este sentido el texto fílmico está en constante diálogo con el texto social. No se pretende mostrar una visión idealizada u optimista de la realidad de dicha comunidad, sino las tensiones existentes, las luces y sombras que se encuentran en conflicto constante. La película se inserta parcialmente en una corriente del cine latinoamericano llamada “cine de la marginalidad” cuyo máximo exponenente es el colombiano Víctor Gaviria, con películas emblemáticas como Rodrigo D. No futuro (1991) y La vendedora de rosas (1998). Si bien Luis Buñuel había abierto la temática con una de las películas más importantes del cine mundial, Los olvidados (1950) ubicada en la periferia de la Ciudad de México, el cine de la violencia urbana surge con fuerza a partir de los años noventa, cuando las utopías revolucionarias y de justicia social se diluyen en el marco de la globalización y el neoliberalismo.

    El pájaro de fuego tiene como protagonistas a jóvenes marginales inmersos en problemáticas de drogas, alcoholismo, prostitución y familias disfuncionales. En entrevista con la revista Ikaro (01/02/2021), Olivas considera que la familia es lo esencial para sobrellevar las adversidades y como hemos visto, ninguno de los protagonistas cuenta con ella. Y si bien la historia presenta los intentos de transformación de Tony, la mirada no es paternalista porque como señala Gaviria “El autor de una película cuenta, ordena, y completa, pero la realidad también es una autora que aporta muchas cosas” .

    La vestimenta, la gestualidad y el lenguaje de los personajes es el propio de los jóvenes de dichos estratos sociales. No hay un intento de maquillar la realidad y en lo verbal, no hay una intención de empatizar con los espectadores, como es el caso de algunos filmes de Miguel Gómez. El lenguaje de estos jóvenes, su violencia verbal y su gestualidad desbordada es, no solo un reconocimiento de grupo, sino un espacio de resistencia, una forma propia de conectar -o no- con los otros. Estos personajes marginales, cuando sobreviven, se convierten en sujetos nómadas, en constante movimiento -como Tony- un devenir permanente que no logra un acceso a su condición de ciudadano. Y si bien Tony baila, corre, se desplaza en su patineta, siempre en un fluir, también está tremendamente solo.

    El sonido de las avionetas se reitera recordándonos el peligro constante, pero es un carro de color oscuro y vidrios polarizados el que simboliza al lobo del que Chayote hablaba. Pero ese lobo no está afuera esperando como creía el chico, ya ingresó al barrio y recorre amenazante las calles de la comunidad.

    La estética de la película no es, a diferencia de la del “cine de la marginalidad”, una especie de “realismo sucio”. Si bien hay momentos que podrían considerarse documentales, la fotografía logra secuencias de gran belleza -en la línea del tren, al seguir a los patineteros o las tomas aéreas sobre los techos de zinc- y la banda sonora, tanto la original como la música hip hop, son el complemento al mundo urbano y juvenil.

    Hacia el final, vemos un enorme graffiti que condensa la propuesta del filme y nos interoga como espectadores y cuidadanos. El graffiti pregunta “¿Dónde están tus sueños?”

    (Fuente: larepublica.net)


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