“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Una escuela en Cerro Hueso, una historia sincera, genuina y hecha desde el corazón

    La ópera prima de ficción de la santafesina Cappato es un dechado de delicadeza y sensibilidad para abordar la historia de una niña con autismo.

    Julia (Mara Bestelli y Antonio (Pablo Seijo) son dos biólogos que llegan a un pueblo ubicado a orillas del Río Paraná, cerca de la ciudad de Santa Fe. La escuela rural del lugar, pese a que tiene muchos chicos en condiciones vulnerables que se alimentan casi por completo en el comedor del lugar, es la única que ha aceptado a Ema (Clementina Folmer), una niña de 6 años diagnosticada dentro del espectro autista, tras el sucesivo rechazo por parte de otros 17 establecimientos educativos. Ella no habla, muchas veces parece estar en su universo, pero eso no significa que no pueda conectarse de a poco, a su manera, con el mundo exterior.

    Entre el documental y la ficción, combinando actores profesionales y otros lugareños sin experiencia, Una escuela en Cerro Hueso remite por momentos a Ser y tener, del francés Nicolas Philibert, y en otros al espíritu de Los labios. Esta referencia no es antojadiza si se tiene en cuenta que Iván Fund, uno de los realizadores junto a Santiago Loza de aquella película de 2010, es aquí productor ejecutivo, coguionista, director de fotografía y coeditor.

    Mientras Julia investiga la extraña muerte de miles de peces en el Paraná y Antonio propone crear una granja comunitaria, vemos el abnegado trabajo de la directora, las maestras y la cocinera por sobrellevar las dificultades cotidianas de una escuela rural y al mismo tiempo trabajar para estimular, integrar y no marginar a Ema.

    Inspirada en el caso real de su propio hermano, la película de Cappato expone con rigor y delicadeza las contradicciones y fragilidades de cada situación con un espíritu humanista que jamás cae en la denuncia obvia ni en la bajada de línea. Ver a Ema conectarse con una yegua llamada Estrellita y luego con el potrillo que da a luz son momentos mágicos que el ojo de la directora supo captar y los personajes adultos, acompañar con la debida atención y emoción.

    Una escuela en Cerro Hueso tenía todo para caer en la corrección política forzada, altisonante y aleccionadora. Es (y está muy bien que lo sea) políticamente correcta, si por eso entendemos la reivindicación de experiencias comunitarias al margen de los grandes centros urbanos, de los ámbitos del prestigio y del dinero, pero jamás pierde su eje, su esencia ni su austeridad. No hacen falta demasiados recursos cuando se cuenta una historia sincera, genuina y hecha desde el corazón.



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