“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • “Un lugar llamado Dignidad”, una inmersión atmosférica a un doloroso pasado
    Por Ricardo Gallegos

    Las heridas provocadas por: ¨Colonia Dignidad¨ todavía están abiertas en la memoria chilena y solo en los últimos años han comenzado a desfilar trabajos cinematográficos abordando las atrocidades que ahí ocurrían. “Un lugar llamado Dignidad” de Matías Rojas Valencia es el más reciente intento por encarar esta macabra verdad, darle luz a las víctimas y empujar hacia una verdad y justicia que aún está lejos de obtenerse con la totalidad que merecen.

    Nuestro protagonista es Pablo (Salvador Insunza, en una excelente actuación revelación), un chico de 12 años de familia humilde que recibe una beca para estudiar en Colonia Dignidad, una comunidad religiosa que parece ser inofensiva para el inocente joven con sueños de estar en un coro. Sin embargo, el pasar de los días revela el lado siniestro de la colonia y sus aterradores métodos de indoctrinación.

    Si nunca has escuchado hablar de ella, ¨Colonia Dignidad¨ fue una colonia alemana ubicada en el sur de Chile que operó de 1961 a 2007 bajo el liderazgo de Paul Schäfer, un predicador alemán que escapó de Alemania por cargos de pederastia. Bajo un discurso religioso, sus habitantes eran obligados a labores forzados y subyugados a torturas físicas y psicológicas; los menores eran abusados por Schäfer. Además, este lugar trabajó de la mano con la dictadura de Pinochet, apoyando en la tortura y desaparición de disidentes políticos. 

    En una de las primeras escenas, Pablo platica con el “tío Paul” (Hanns Zischler) sobre sus gustos musicales, aterrizando en “El baile de los que sobran” de “Los Prisioneros”, un clásico chileno, escrito durante la dictadura y utilizado como himno en recientes protestas, que hace alusión a la desigualdad social y las limitadas oportunidades que existen para jóvenes de clase social baja. Mientras Pablo canta las letras, Paul sonríe gratamente, tal vez porque cree que las carencias del joven y su búsqueda por oportunidades lo convertirán en una víctima fácil de su lavado de cerebro. Estos minutos establecen con habilidad el contexto histórico, la personalidad rebelde de Pablo y la maldad existente en Dignidad.

    El guión de “Valencia” hace un gran trabajo plasmando la represión psicológica del lugar en Pablo, quien paulatinamente pasa de ser un joven juguetón y atrevido con rock en la mente, a perder la sonrisa en el rostro y caer en la desesperación. Asimismo, una subtrama involucrando al personaje secundario de Gisela (Amalia Kassai), una mujer que desesperadamente desea convertirse en madre, ilustra los mecanismos de castigo del lugar y sus ideologías represivas (Schäfer prohibía todo tipo de expresión sexual). 

    Valencia evita caer en sensacionalismos y se enfoca en la sutileza para crear tensión atmosférica e inmersión. El lenguaje audiovisual es muy destacado. Los sets pulcros y espaciosos se combinan con tomas lejanas para crear una sensación de aislamiento; los acercamientos se utilizan principalmente para acentuar las conductas más malvadas de Schäfer o el terror de Pablo; el push-in es un recurso utilizado constantemente en escenas con muchas personas para inyectar miedo. Sin embargo, estos mismos elementos, combinados con la pobre exploración de temas como la amistad entre Pablo y su amigo Rudolph (Noa Westermeyer), o el papel de Dignidad en la dictadura, crean un ligero desapego al desenvolvimiento narrativo.

    A veces, todo elemento cinematográfico se conjunta de manera soberbia para ejecutar escenas altamente efectivas. La primera de ellas involucra a Gisela y su compañero Johannes (David Gaete) intentando procrear a partir de una ilustración de animales; la apretada cabaña en donde se encuentran, la iluminación pobre, los props infantiles a su alrededor, la cámara estática y el confuso lenguaje corporal de los intérpretes intentando el acto sexual crean un momento inocentemente perturbador que encapsula la metodología bajo la que operaba este lugar. Y aún más espectacular y memorable es la escena navideña, en donde Schäfer humilla a los niños y niñas utilizando a la figura de un aterrador Krampus; aquí, una vez más, observamos la tortura psicológica del líder, pero también la determinación y valentía de Pablo, quien así se destacada de sus compañeros.

    “Un lugar llamado Dignidad” no busca exhibir con detalle las maquinaciones y crímenes del lugar, más bien intenta meternos directamente a la colonia a través de los ojos de un niño confundido, abrumado y subyugado por una mente enferma. Es una cinta que sacrifica el desarrollo de personaje para generar una atmósfera aterradora y efectiva lograda con el apoyo de grandes virtudes cinematográficas y dos tremendas actuaciones de Insunza y Zischler.


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