El cine de Michel Franco tiene algo de buceo en apnea. La idea es contener la respiración, provocar con ello que las pulsaciones desciendan y desde ahí, desde la contemplación casi agónica y exageradamente pausada de lo profundo, intentar ver claro. Duele, pero se gana en nitidez. Hay riesgos, los expertos hablan de que el intercambio de gases presentes en la sangre y los tejidos pueden provocar déficit de oxígeno en el cerebro. Y desmayos. Y de paso el ahogamiento. "Dreams", la última película del director y la segunda protagonizada por Jessica Chastain tras "Memory", es básicamente eso: un descenso en pulmón libre a lo hondo, a lo turbio, hasta el límite mismo de la asfixia. Dura, inquietante, incómoda y provocadoramente cruel. Quizá en exceso consciente de sí misma. Tal vez de manera algo exhibicionista, pero, sea como sea, irrespirable. Que es de lo que se trata.
Se cuenta la historia de una rica estadounidense (Chastain) que un buen día se enamora (o algo parecido) de un joven emigrante (Isaac Hernández). Ella es filántropa, que es uno de los modos como el dinero lava su mala conciencia y desgrava los impuestos que serviría para que la filantropía no fuera necesaria. Y él es un talentoso bailarín que huye desde su México natal al país de, en efecto, los filántropos. La idea de la cinta es investigar, se diría que de nuevo, hasta que punto las relaciones desiguales pueden ser algo más que relaciones de dominio. Se trata, en definitiva, como ya ensayó el director en películas anteriores como Sundown, Nuevo orden o Chronic, de forzar el límite mismo de lo respirable hasta el desmayo si es posible. Ver profundo para ver más nítido.
"Dreams", claro está, habla de inmigración, de la misma emigración de la que habla el presidente actual de Estados Unidos. Pero al revés. Dreams lo hace desde su condición de rito humillante para los que la sufren en carne propia y de liturgia culpable para los policías del privilegio. En la presentación ante la prensa, la actriz prefirió hablar antes de esperanza que del simple drama. Es decir, exactamente lo contrario a lo que propone la película. "Vivo en Estados Unidos porque soy una persona optimista. Hay que participar, pese a todo, para crear el entorno, la cultura y la sociedad que queremos. No voy a renunciar a mi país, así que me gustaría decir que muchos de nosotros todavía tenemos esperanza y estamos luchando por el bien", dijo. Ahora solo falta que la Administración en el poder atienda a las ruedas de prensa de la Berlinale.
De nuevo, Franco compone su película desde la parte de atrás de la pantalla. Todo lo que sucede ante la vista del espectador apenas son señales por descifrar de un enigma extraño que todo lo determina, todo lo infecta, todo lo puede. No se trata tanto de recomponer las piezas de un puzle como de dejarse arrastrar por una premonición por fuerza fatal. El ambiente enrarecido, el ligero olor a podrido y la atmósfera que escuece los ojos acaban por dibujar un escenario inquietante. Sin oxígeno. La cámara no oculta nada, todo lo muestra de manera frontal, siempre pendiente del movimiento casi ritual de unos cuerpos que se diría cumplen un designio ancestral.
Cuando los protagonistas se entreguen a la pasión amorosa (es decir, follen, pues eso es lo que hacen en su más elemental pulsión animal), se amarán con desesperación, con la certidumbre del placer. De repente, el sexo tan proscrito últimamente para la imagen, tan enterrado entre equívocos en el cine reciente, encuentra su sitio en la pantalla muy cerca del dolor. Y lo hace sin veladuras, sin gestos extraños, sin miradas oblicuas. Brillante y algo kamikaze una Jessica Chastain sin red. Aquí no hay más insinuación que la que arde. Y así hasta que la propia mirada del espectador se intoxica de lo que ve y de sí misma. Sin oxígeno, decíamos. Hasta el desmayo si es preciso.