“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

ARTICULO


  • Carlos Mayolo, en el recuerdo
    Por Alberto Navarro

    Cuando el correo electrónico me trajo este primer sábado de febrero la noticia de la muerte de Carlos Mayolo no sentí ninguna sorpresa. A pesar de la vitalidad y consabida alegría que se le había visto el pasado octubre, en la entrega de los premios nacionales de cine, todos sabíamos de sus problemas de salud y, que de hecho, aún en aquel momento de celebración, estaba viviendo horas prestadas.

    Me llegaron, en cambio, en el transcurso de la larga tarde de ese sábado en la que también estuve lidiando con mis propios miedos, dos recuerdos de hace más de treinta años; uno personal, de cuando lo acompañé a Rio de Janeiro llevando La mansión de Araucaima, que había sido producida por FOCINE, una entidad estatal, al festival de cine. Y otro, anterior, ya no personal sino que tiene que ver con su obra, y fueron los primeros veinte minutos de Carne de tu carne, un film que no he vuelto a ver en más de dos décadas pero cuyo recuerdo, por lo menos el de esos minutos iniciales, permanece conmigo.

    Una tarde en Rio poco después de la hora de almuerzo, Mayolo pasó por la oficina donde yo estaba trabajando y, con voz temblorosa en la que, como pasaba con muchas de sus exposiciones que mezclaban en partes iguales la claridad y la confusión, empezó a describir con emoción, ternura y voluptuosidad los vestidos de baño de las jóvenes y adolescentes que se tendían al sol en la Barra de Tijuca. Eso era en los primeros años de popularidad del “hilo dental” y Mayolo y yo, contemporáneos y formados en la noche oscura de los cincuentas, no podíamos sino sentir emoción ante el generoso derroche de vida y carne que se extendía a lo largo de la cinta de arena de Tijuca. Ese ha sido siempre mi recuerdo más vivo de ese Festival, incluso más inmediato y sentido que el Premio Especial del Jurado que un par de días más tarde recibiría la película.

    El otro recuerdo es un poco más complicado y difícil de poner en palabras, pues es, además, contradictorio. La primera parte de Carne de tu carne nos lleva dentro de una familia caleña de la clase alta en los días de la violencia, o quizás, para ser más claros, de la primera violencia, o de la misma que seguimos viviendo. Vemos la reunión de la familia ante la inminente muerte de la abuela y como llegan los tíos y nietos a la casa en la ciudad. El encuentro de la familia retrata con una precisión antes no vista en el cine nacional el entorno de la burguesía de provincia. De ahí la acción se desplaza hacia la finca cercana, donde sentados en un jardín los tíos hablan de si mismos y del lugar que ocupan, o creen ocupar, en ese orden social que cuida sus propiedades y propiedades. Hacia el final de la escena, la cámara, del mexicano Gabriel Beristain, se mueve lentamente hacia una de las tías (Vicky Hernández) que habla de la familia mientras al fondo se ve como va cayendo el sol sobre una cercana alambrada detrás de la cual está el inmenso y solitario paisaje del valle del Cauca. La imagen y el sonido cuasi monótono de la voz conllevan una premonición: una sensación de temor y callado agobio que reflejan, como ninguna otra imagen que yo haya visto en el cine nacional, la condición en que hemos vivido por tanto tiempo.

    Después de esa parte, de esos 15 ó 20 minutos que puedo describir como excelentes y de lo mejor narrado en el cine nacional hasta ese momento, la película, en mi opinión, se va a pique en medio de un guión enrevesado que se esfuerza por decir demasiado. Es una lástima que innumerables y contradictorias circunstancias no hayan hecho posible que Carlos Mayolo hubiera vuelto a trabajar en cine, el medio que él consideraba como propio. Y es también una lástima entonces que esta nota, hecha para recordar no solo al amigo sino al artista, se vea obligada a mencionar su maravillosa pero errática herencia.

    El guionista, actor y director de cine y TV Carlos Mayolo nació en Cali (Colombia) en 1945. En 1968 inició su carrera como director de cine documental y argumental, y como actor. Junto con sus amigos caleños Luis Ospina, Andrés Caicedo y Ramiro Arbeláez fue protagonista del movimiento llamado Caliwood con una prolífica producción cinematográfica de corte contestatario e irreverente. Su cortometraje Agarrando pueblo, codirigido, logró en 1976 el premio de Novaix Taixeira de Francia y la mención de honor de Oberhausen en Alemania. Su película La mansión de Araucaima recibió el premio especial en el Festival de Río de Janeiro. Este film junto a Carne de tu carne fue su obra más reconocida. Con su seriado de televisión Azúcar, Mayolo recibió 17 premios Simón Bolívar en 1991 y 6 nominaciones en el Festival de Cartagena del mismo año. Delicado de salud desde hacía tiempo, falleció este sábado de un infarto en su apartamento de Bogotá.

    Carlos Mayolo in the memory
    By Alberto Navarro

    When the electronic mail brought me this first Saturday of February the news of Carlos Mayolo’s death, I was not surprised. In spite of the vitality and traditional happiness that he exhibited last October, in the presentation of the national prizes of cinema, we all knew about his health problems and that in fact, still in that celebration moment, he was living borrowed hours.

    On the other hand, it came to me, in the lapse of that long Saturday afternoon in which I was also fighting against  my own fears, two memories of more than thirty years ago; one personal, of when I accompanied him to Rio de Janeiro taking La mansión de Araucaima, which had been produced by FOCINE, a state entity, to the film festival. And other memory, a previous one, no longer personal but rather related to his work: the first twenty minutes of Carne de tu carne, a film that I have not seen again since more than two decades but the memory of which, at least that of those initial minutes, remains with me.

    One afternoon in Rio de Janeiro, soon after lunch time Mayolo came for a moment to my office where I was working and, and with a trembling voice in which as in most of his statement mixed in equal part clarity and confusion, he began to describe with emotion, fondness and voluptuousness the  bathing suits of the young girls and adolescents that lay in the sun in the Bar of Tijuca. That was during the first years of popularity of the G-string and Mayolo and I that were contemporary and formed in the dark night of the 1950s, could not feel but excitement in front of the generous waste of life and flesh that stretched throughout the strip of sand of Tijuca. That has always been the most vigorous of my memories of that Festival, even more immediate and moving that the Special Jury Prize that would receive the film a couple of days later.

    The other memory is a little more complicated and more difficult of being expressed in words, because it is also contradictory. The first part of Carne de tu carne takes us inside a upper class family from Cali in the days of the violence or, maybe, to be clearer, the days of the original violence, or the same violence that we continue living. We see the reunion of the family in face of the grandmother's imminent death and how the uncles and grandsons arrive to the house in the city. The reunion of the family depicts with a precision not viewed before in the national cinema the environment of the provincial bourgeoisie. From here the action moves toward the near property, where sat down in a garden the uncles speak about them and about the place that they have, or that they believe they have, in that social order that takes care of their properties and properties. Toward the end of the scene, the camera, of Mexican Gabriel Beristain, moves slowly toward one of the aunts (Vicky Hernández) who speaks of the family while to the bottom you see the sun setting near a wire fence behind which is the immense and solitary landscape of the valley of the Cauca. The quasi monotonous image and sound of the voice entail a premonition: a sensation of fear and quiet burden that reflect, as any other image that I have seen in the national cinema, the condition in what we have lived for a long time.

    After that part, those 15 or 20 minutes that I can describe as excellent and among the best narrated in the national cinema until that moment, the movie, in my opinion, wrecks amid an intricate script that makes an effort to say too much. It is a pity that countless and contradictory circumstances prevented Carlos Mayolo from working in the cinema again, a media that he considered as his own. And it is also a pity that this note, made not only to remember the friend but the artist, be forced to mention his wonderful but erratic legacy.

    The screenwriter, actor and film and TV director Carlos Mayolo was born in Cali (Colombia) in 1945. In 1968, he began his career as narrative and documentary film director and actor. Together with his friends from Cali Luis Ospina, Andrés Caicedo and Ramiro Arbeláez, he was protagonist of the s called movement Caliwood with a fruitful film production of polemic and irreverent tone. His   short film Agarrando pueblo, a co-direction, earned in 1976 the Novaix Taixeira prize of France and the honorable mention at Oberhausen, Germany. His feature film La mansión de Araucaima received the special prize in the Río de Janeiro Film Festival. This film together with Carne de tu carne was his more acclaimed work. With his television series Azúcar, Mayolo received 17 Simón Bolívar awards in 1991 and 6 nominations at the Cartagena Film Festival of the same year. After being in a delicate state of health from a long time, he died this Saturday of a heart attack in his apartment of Bogotá.




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