“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Bajo la sal: Un thriller mexicano que no se atrevió a la dispersión
    Por Carlos Ramón Morales

    Un adolescente hace animaciones sanguinarias, una mesera guarda fotos de su amiga muerta, un prefecto de preparatoria está atormentado por el incendio de su escuela, un jefe de policía cobra protección al burdel del pueblo, un maestro enamora alumnas con la Lolita de Nabokov. Todo en la inquietante blancura de la sal. Y bajo esta aparecen muertas. Entonces llega el comandante Trujillo a investigar.

    Cuando algunos quisquillosos le preguntan al novelista policiaco mexicano Paco Ignacio Taibo II por qué en sus historias deja tantos cabos sueltos, él contesta que la realidad mexicana nunca permite aclararlo todo. La corrupción, la doble moral, las interpretaciones a medias, hacen de los temas policiacos mexicanos puntas de iceberg que atisban un horror mayor.

    En la ópera prima de Mario Muñoz, el iceberg está hecho de sal. Y bajo esta se encuentran cadáveres de mujeres asesinadas, pero también el temor del pueblo —la ficticia Santa Rosa de la Sal—, los poderes que se saben, pero no se dicen, los arreglos en corto, los secretos vergonzosos.

    En la salinera de Santa Rosa de la Sal aparecen cadáveres de mujeres asesinadas. El jefe de policía, Salazar (Emilio Guerrero), pide la ayuda del comandante Trujillo (Humberto Zurita), quien viene de la capital y del que es amigo desde hace varios años. Pronto se atisban sospechosos naturales: las mafias de putas del lugar, la escuela donde estudiaron las asesinadas, el hijo del forense —quien hace cortometrajes de muñecas masacradas—. Los personajes y sus secretos desfilan ante la mirada cansada de Trujillo: el prefecto Domínguez (Plutarco Haza), quien fue víctima del incendio de su propia escuela; el profesor Magaña (Julio Bracho), tan guapo como relajado para relacionarse con sus alumnas; Isabel (Irene Azuela), la amiga de una de las asesinadas, mesera de un bar y desconfiada en extremo; Zepeda (Juan Carlos Barreto), el doctor forense que sigue cargando la muerte accidental de su esposa; su hijo Víctor (Ricardo Polanco) y sus aficiones oscuras de gore adolescente.

    El juego formal de Muñoz es explícito: respetando las convenciones del thriller, busca dotar de ambigüedad a sus personajes. En un pueblo donde se busca a un asesino, todos parecen ser culpables de lo que ocurre. Parecería que el pueblo entero colabora con los homicidios desde el silencio, el respeto temeroso al crimen, la interpretación errónea de lo sucedido. Y de ahí se desprende una estructura de fresco, donde el homicidio es pretexto para mostrar un pueblo deteriorado por la lejanía y la corrupción, un universo endogámico en el que sus habitantes se atisban de soslayo y se presienten sospechosos de todo, donde las fantasías son malversadas porque si piensas lo peor seguro acertarás.

    El ambiente de Bajo la sal es tenso. En una suerte de Twin Peaks (Lynch) desértico, el comandante Trujillo inicia con la sorpresa y después se va asimilando al carácter retorcido del lugar. Se trata de un thriller, sí, pero adolece de acción explícita, porque Muñoz lo sublima en el buen manejo del suspenso psicológico, que tensa más en sus silencios que en sus dichos.

    Y precisamente por la riqueza que insinúa la película, es que su desenlace frustra al espectador. A Muñoz se le fue una película que aspiraba a la eficacia desde su dispersión, cuando prefirió resolverla con exactitud argumental, con un desenlace respetuoso de las convenciones, en vez de arriesgarse a mantener el riesgo de la ambigüedad.

    Cabe rescatar la buena fotografía de Serguei Saldívar Tanaka, las actuaciones, sobre todo de Humberto Zurita y Emilio Guerrero, las animaciones de René Castillo y un diseño de producción que logra un buen impacto en casi toda la historia. Precisamente, por la eficacia de casi toda la película es que se lamenta un final de taller de guionismo, donde la pertinencia le ganó al riesgo real.


    (Fuente: Cinemanía)




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