“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez

EDITORIAL


  • Santiago Álvarez y el siglo XXI
    Por Orlando Senna

    El acontecimiento más importante del lenguaje audiovisual, en este comienzo del siglo XXI, es la evolución artística del documental. Fenómeno alimentado por la osadía estética, transgresiones, superación de dogmas, superposición y dilución de géneros, que sucede en un momento de cambios tecnológicos e industriales profundos el la actividad audiovisual. Circulan por internet, en DVDs, en la televisión, en los cines, en los teléfonos una enorme cantidad de documentales, muchos de concepción clásica y muchos de concepción innovadora, revolucionaria, extrapolando los límites de la filmación de hechos y de la edición que definían el territorio documental en el pasado siglo. Son obras audiovisuales que mezclan el registro de la realidad con escenas de ficción, animación, video arte, clips musicales, chroma key, efectos especiales. Se desdoblan en varios tipos, en varios formas de realización: documental de archivo, documental de puesta en escena (al estilo de Flaherty), documental espontaneo, docudrama, docfic y otros, además de los productos híbridos que mezclan diferentes estilos. Todavía son clasificados como “documentales” pero probablemente sean rebautizados en algún momento, pues hay teóricos y documentalistas que prefieren clasificarlos como ensayos, “cine ensayos”.

    Esa explosión del lenguaje documental es el corolario, el resultado de la puesta en práctica del entendimiento alcanzado a mediados del siglo pasado, en que el documental no es reproducción de la realidad, inclusive porque el registro imparcial de la realidad es imposible, pero si la expresión de la verdad del que hace el documental. Lo que importa, lo que interesa, es la calidad de la verdad de cada documentalista, la calidad humanista de su punto de vista, de su apreciación particular y de su opinión sobre la vida, la sociedad, la humanidad, la civilización, el planeta. Este nuevo lenguaje comenzó a ser creado por artistas mayores del cine desde los años 20, cuando aún no se había generalizado el entendimiento de que el documental es una visión particular. Documentalistas como el francés Jean Vigo (“el documental es un discurso ilustrado”), el ruso Dziga Vertov (“cine ojo, cine verdad”), el holandés Joris Ivens (que consideraba la poesía el componente esencial  del documental), los americanos Robert Flaherty (transformaba personajes reales en actores en los años 30) y Orson Welles (contraponiendo realidades e imitaciones, verdades y mentiras en F for Fake, en los aõs 70).

    En este linaje de artistas mayores, es decir artistas que inventan lenguaje, que descubren nuevos caminos, que alimentan la evolución estética y la evolución de la comunicación humana, tiene su sitio de honor el cubano Santiago Álvarez y su cine transgresor, radical, panfletario. Fue el último de los grandes maestros del documental del siglo XX, trabajando hasta el último día de sus existencia en 1998, año en que realizó dos documentales y completó su impresionante filmografía de más de cien documentales y seiscientos noticieros. El último de los grandes y también el que más estimuló a los jóvenes cineastas en la segunda mitad del siglo pasado y el que dejó la más nítida huella en la revolución estética del documental que se realiza en la actualidad. Santiago inventó el clip, utilizó escenas de ficción distorsionadas, hizo reconstrucciones de hechos con actores, utilizó dramática y visualmente las palabras, explotó y expandió la imagen con un grafismo inédito en el cine e incentivó a la reflexión y a la percepción teóricas al inventar y defender el concepto Informaturgia, la dramaturgia de la información, la organización artística de hechos, imágenes y opiniones.

    Decía y demostraba en la práctica que no le interesaba registrar y si “participar de la realidad”. Sobre el punto de vista individual, la verdad de cada uno en pantalla, Santiago es muy claro: “yo informo de acontecimientos a partir de ideas que tengo sobre esos acontecimientos”. Y no se equivoca cuando se refiere al futuro: “la impaciencia creadora del artista producirá el arte de esa época”. Esas declaraciones se encuentran en la revista Cine Cubano en los años 60 y en el libro El Ojo de la Revolución – El cine urgente de Santiago Álvarez, de Amir Labaki, 1994. No está grabado (salvo que exista todavía una entrevista que dió a la TV cubana en 1980) pero muchas personas le oyeron decir de su propia voz que se definía como documentalista y como artista diciendo de si mismo: “soy un animal politikon y erotikon”. Polis y Eros: la interacción con la sociedad, con la civilización, con la historia y el progreso fundida con el amor consciente, con el mito de Eros/Siquis, carne y espíritu, corazón y conciencia, real e imaginario, dualidad motora del Arte y de los artistas.

    Entonces, lo que encontramos hoy en día en internet y en los otros medios audiovisuales es la cosecha de lo que sembró Santiago, de su teoría y práctica de la informaturgia, del matrimonio de lo objetivo con lo subjetivo, de las propuestas del lenguaje que están en Now, LBJ, Hanoi Martes 13, La importancia universal del hueco, La Soledad de los Dioses. Esa nueva ola de documentales creativos (también se les llama así) y/o de ensayos audiovisuales es el más importante arte contemporáneo. Es la única manifestación artística vestida con los parámetros del siglo XXI, porque supera y digiere la dualidad audiovisual del siglo XX (real/imaginario, documental/ficción) y por estar en la vanguardia de la utilización de las nuevas tecnologías de la comunicación. Es la manifestación que abre el camino para una nueva etapa en el Cine, para un arte audiovisual capaz de filosofar y que ya se les está llamando el Octavo Arte. Es detrás de ese escenario que veo a Santiago en su campo de luces, sonriendo y sembrando.


    (Fuente: Catálogo del Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez In Memoriam)


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