“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA
  • Iluminados por el fuego continúa cierta tradición
    Por Joel del Río

    Fuertemente enraizada en algunas de las prácticas narrativas y estilísticas más ostensibles del cine argentino, y del género épico e histórico internacional, Iluminados por el fuego impresionó a prensa y público cuando sirvió de apertura a la edición número 27 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Finalmente barrió con muchos de los premios principales en La Habana, como mismo lo había hecho en San Sebastián.

    Aunque en la historia del cine argentino pueden localizarse algunas pocas películas de apreciable magnitud épico-histórica, como las fundacionales El fusilamiento de Dorrego o La Revolución de mayo, que datan de la primera década del siglo XX, en un género continuado en las posteriores Federación o muerte (1917), El puñal del mazorquero (1920), Federales y unitarios (1927),  Bajo la Santa Federación (1935), La guerra gaucha (1942), Pampa bárbara (1945)... no puede decirse que sea frecuente en esta cinematografía, ni en ninguna otra del continente —sobre todo a causa de los presupuestos, pues estamos hablando de filmes que por lo regular requieren considerables desembolsos— esta variante del cine histórico, donde lo verídico se combina con elementos de acción física y aventura, para derivar en lo que ha dado en llamarse cine bélico.

    Este tipo de filmes se distingue sobre todo porque se concentra en algunos de los grandes conflictos armados del siglo XX, excepcionalmente del XIX, y porque, en general, favorecen un contenido más o menos pacifista y de condena, a los horrores provocados por la conflagración. En esta variante se ubican clásicos, no siempre norteamericanos, como suele pensar el cinéfilo desinformado por la globalización. Recuerdo de momento títulos como Sin novedad en el frente (1930), de Lewis Milestone; La gran ilusión (1937) de Jean Renoir; Cuando vuelan las cigüeñas (1958) de Mijail Kalatozov; La batalla de Argelia (1965) de Gillo Pontecorvo; Apocalipsis ahora (1979) de Francis Ford Coppola; Pelotón (1985) de Oliver Stone; Chaqueta metálica (1985) de Stanley Kubrick; El rescate del soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg y La delgada línea roja (1998) de Terrence Malick, entre otros, todos estos íntimamente relacionados con el filme argentino Iluminados por el fuego.

    En su elogiada obra, Tristán Bauer narra los recuerdos de Esteban Leguizamón, un hombre de cuarenta años que, en 1982, cuando tenía sólo 18, fue reclutado para combatir en las Islas Malvinas. A partir del intento de suicidio de uno de sus ex compañeros, Esteban se sumerge en los recuerdos de esa guerra que compartió con otros dos jóvenes soldados: los horrores propios de la guerra, el frío y el hambre, las historias de amistad y compañerismo. A los veinte años de la guerra, Esteban decide volver a las Islas para reencontrarse con su pasado y tratar de cerrar sus viejas heridas.

    Desde la sinopsis anterior se infiere que nos encontramos ante una obra preocupada por su legitimidad historicista, instauradora de polémica, esclarecedora de pretéritas oscuridades. Un especialista en reconstruir y examinar el pasado como Tristán Bauer (Cortázar, 1994; Evita, tumba sin paz, 1997; Borges, los libros y la noche, 1999), se auxilió en un libro testimonial de Edgardo Esteban y Gustavo Romero Borri (excombatientes en las Malvinas) y en el concurso del escritor y guionista Miguel Bonasso, para relatar anécdota deudora de dos tradiciones: las obras que muestran a un grupo de jóvenes inexpertos enfrentados a la crueldad y sin razón del conflicto fratricida, y el empeño de numerosos creadores argentinos por revisar, mantener en la memoria, los horrores del pasado reciente, como hemos visto en Tiempo de revancha, No habrá más penas ni olvidos, La historia oficial, La noche de los lápices, Sur, Garage Olimpo y Kamchatka, por solo mencionar las que a este cronista le parecen más cumplidas y decisivas.

    La guerra de la Malvinas ha concentrado la atención de numerosos cineastas, sobre todo documentalistas (Malvinas, historia de traiciones; No tan nuestras, entre otros) pero también de ficción, como la temprana Los chicos de la guerra (1984) de Bebé Kamín, vista y hasta premiada en un Festival de La Habana de aquella época. Pero Iluminados por el fuego se presenta como el filme definitivo sobre el tema, primera gran producción bélica sobre el conflicto del archipiélago ubicado en el Atlántico meridional, que destaca, en el cine nacional y descuella dentro del cine tercermundista, por la maestría con que están resueltas las escenas de combate, con todo lo que ello significa en cuanto a fotografía, edición, utilería y efectos especiales. Y todo ello sin un gran presupuesto, pues se logró ofrecer apariencia de superproducción desde la certera elección de las locaciones y la cuidadosa planificación del encuadre. Además, Iluminados... ostenta un trabajo minucioso con dibujos plano por plano, y efectos de animación en 3-D, que consiguen recrear escenas de combate con gran realismo.

    La crítica cubana ha desgranado sus elogios para para el director Tristán Bauer, el actor Gastón Pauls, y para esta obra dura, elocuente y necesaria, pero resulta curioso, amén de ilustrativo, resumir algunas de las reacciones que provocó en Argentina, donde se mantuvo durante semanas como una de las películas capaces de reconciliar al público masivo y a la prensa especializada.

    La crítica argentina ha dicho:

    La Nación: “La Guerra de las Malvinas, uno de los episodios más dramáticos de la reciente historia argentina, recorrió infinidad de libros, artículos y ensayos y llegó varias veces a la pantalla grande. Ahora es Tristán Bauer el encargado de retornar a esta temática (...), un realizador sin duda atento a los sentimientos más hondos del hombre, aportó aquí un exacto clima en las escenas de batallas y recreó con notable veracidad esa atmósfera de impotencia y de ferocidad que implicaba el estar en las trincheras esperando vivir o morir. (...) El film es impecable en su andamiaje escenográfico, deja de lado la simpleza de esa contienda para rearmar un cuadro de amistades y sentimientos y recorre con calidez la trayectoria de su protagonista —un muy buen trabajo de Gastón Pauls— hasta desembarcar en un final en el que infinitas cruces rememoran las vidas de quienes llegaron hasta la tierra malvinense en un acto de arrojo y de pasión. (...) La fotografía, la música y la dirección de arte apoyaron esta labor de Tristán Bauer que no necesitó de ingredientes superfluos para relatar una de las tantas historias que la Guerra de las Malvinas dejó prendidas en la memoria”.

    El Amante Cine: “Por inseguridad, por superposición de voces o de guionistas, la película se sale una y otra vez de sendero para dar cabida a interpretaciones generales sobre la soberanía en las islas, la conducta de los altos mandos, las posibilidades militares de los argentinos, etc., que no pueden ser sino generalizaciones reaccionarias y de un nacionalismo decimonónico. El problema es que la autoridad moral que otorga el hecho de que la película esté basada en los recuerdos de un ex combatiente se traslada imperceptiblemente a sus afirmaciones acerca de la soberanía y el conflicto. Así, la película, lejos de abrir un debate, lo cierra, a partir del peso emocional asociado al calvario de aquellos muchachos, algo así como un autoritarismo sentimental que ahoga cualquier discusión. Por más justa y necesaria que sea hoy la reivindicación de esos chicos abandonados, no debería condicionar ni la mirada sobre la película, ni las ideas respecto de las islas”.

    Citycinema: “La película de Bauer sabe ser discreta y terrible. Sabe reducir un hecho tan magno como la guerra de Malvinas al relato vivencial de un ex-combatiente, suscitado por el intento de suicidio de uno de sus compañeros. A partir de ello, el film se narra desde el recuerdo y sus ecos presentes, hasta arribar a un epílogo que, así como mirada crítica de lo acontecido —e interrogación actual— plantea sus miras en el porvenir. (...) El film de Bauer no posee efectismos, sensacionalismos, o discursos declamatorios. Es magníficamente sincero y doloroso. La reconstrucción de sus escenas bélicas es verosímil y respetuosa. No existe ningún atisbo de regodeo morboso del que se caracteriza el estereotipado cine “bélico” norteamericano”.

    Leedor.com: “Las críticas en contra de Iluminados por el fuego se alinean al menos en dos corrientes diferentes. Por un lado están quienes cuestionan aspectos, que podrían llamarse políticos, como el lamentable rol que se asigna en el film a muchos oficiales y suboficiales durante el conflicto. Pese a que los hubo heroicos, todo parece indicar que la mayoría no tuvo un comportamiento digno y que el trato que les dieron a los soldados fue deplorable. La otra corriente contestataria, y minoritaria, sostiene que falta fuerza en el planteo del conflicto en los personajes de Pauls o del excelente Pablo Ribba, cuestión que no se comparte”.

    Miradores en la ciudad: “Nuestro cine, nuestro arte, tiene la obligación de sacar a la luz los delitos de lesa humanidad cometidos hacia una gran parte de nuestra sociedad, logrando que en nuestro cine prevalezca la identidad, buscando mantener viva la voz popular, para contar quienes fuimos y qué nos sucedió. En el caso de un film como Iluminados por el fuego se demuestra que por primera vez la sociedad se mira en un espejo para reconocer sus heridas, para dar testimonio y para afianzarse (de a poco) en una identidad nacional. Desde la banda de sonido se destaca y se hace presente ese rasgo de identidad ya que la música del film pertenece a Federico Bonasso, y se incluyeron tres temas de León Gieco, dos de ellos compuestos especialmente para la película. El filme posee dos tiempos específicos de narración. El primero, hace concreta referencia a los sucesos de la Argentina del 2001, con un país donde sonaba al unísono y en cada rincón un improvisado concierto de cacerolazos, se comenzaba a ver en las calles de la ciudad a los cartoneros con sus improvisados carros de recolección. Es en esas escenas donde de un modo magistral el realizador Tristán Bauer, logra en pocas imágenes, por demás descriptivas, retornemos hacia los sucesos de un contexto reciente, aunque familiar, propio de nuestra historia contemporánea”.




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