“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Japón, una experiencia única y necesaria
    Por Adrián Veaute

    Las primeras imágenes de Japón recuerdan al Kiarostami de El sabor de la cereza y El viento nos llevará. Después sabremos que no sólo se recupera el concepto de viaje de iniciación y algunas ideas trascendentales del mejor cine iraní, sino que también se actualiza una mirada marcada por influencias tan ilustres en la puesta en escena como las de Tarkovski o Antonioni. Sin embargo este cruce intertextual con otros autores no impide descubrir en la película una esencia poética propia compuesta por colores, motivos, sonidos y tonos auténticamente latinoamericanos. Un hombre, cuyo nombre desconocemos, abandona la ciudad de México en busca de una zona rural alejada, con el único objetivo de encontrar allí un lugar adecuado para preparar su muerte. Las razones de esta crucial decisión nunca son dichas y, en realidad, no importan demasiado. El encuentro con la viuda Ascen, una vieja india que lo hospeda en su casa enclavada en el medio del monte, y el contacto con una naturaleza cruel, lírica y salvaje hacen que el hombre se enfrente con su propia humanidad a través de todos sus sentidos y que se ponga en juego, finalmente, un contrapunto entre la vida y la muerte.

    Como todo hecho artístico relevante, audaz y comprometido, Japón forma parte de ese reducido número de películas que irrumpen en el momento adecuado para poner en crisis y cuestionar los modelos cinematográficos imperantes, y que deslumbra, sin dudas, por el compromiso temático y formal asumidos. Algunos sociólogos como Morin llaman a estos films "electrodos negativos" que circulan a contracorriente y que en definitiva todo sistema representacional necesita. Por eso la aparición de esta película independiente latinoamericana es un hecho trascendental entre tanta mediocridad generada por el discurso cinematográfico hegemónico que, vaciando de contenido a las historias, no cesa de naufragar en las mismas recetas formales calculadas. Que esta película sea una producción independiente mexicana es algo para destacar y digno de mencionarse, puesto que nos brinda esperanzas respecto del futuro cinematográfico en nuestro continente. Quizás esta película continúe el camino abierto hace pocos años por el film brasileño A la izquierda del padre o el argentino La ciénaga, en el intento por recuperar un cine latinoamericano auténtico que se construya desde nuestra propia mirada del mundo y basándonos en una independencia que no sólo sea económica, sino asimismo estética.

    Después de renunciar a su trabajo como abogado en el Servicio Exterior Mexicano en la ONU, Carlos Reygadas, director de la película, decidió estudiar cine en Bruselas movido, seguramente, por el grato recuerdo que mantenía de algunas películas de Tarkovski, que por accidente conoció en su adolescencia. Este nuevo camino le permitió también descubrir el libro de André Bazin ¿Qué es el cine?, y con él una nueva manera de concebir el cine, más ligada con la expresión pura que como herramienta para narrar historias, algo que lo marcaría profundamente en su trabajo posterior. Esta herencia e influencia se advierten notoriamente en su ópera prima Japón. En ella se recupera la concepción baziniana del acontecimiento en su estado puro, donde el tiempo de los hechos no es sugerido por el montaje, sino que son mostrados en el devenir real del tiempo. De esta manera se propone una puesta en escena integralmente coherente desde sus postulados estéticos, en la que predomina el acontecimiento y el tiempo de la espera. Dicha mirada reluce constantemente, sobre todo en las escenas del encuentro íntimo entre el hombre y la vieja india, la demolición de la casa, el camino por el monte, el sexo entre animales y la maravillosa secuencia final (filmada a través de un largo travelling hacia delante combinado con una constante panorámica de 360º), entre otras. Pero este tratamiento particular del tiempo no sólo funciona física y cronológicamente, en su intento por retener la duración real de los hechos, sino que además permite el despliegue de una temporalidad reflexiva e íntima que tanto necesita un personaje deseoso de reencontrarse consigo mismo.

    La participación en el film de personas del lugar, es decir, el uso de actores no profesionales (por ejemplo, el hombre es un viejo amigo de la familia del director), le imprime a la película un tinte particular ligado a la cercanía y naturalidad con que los gestos, rasgos y movimientos se manifiestan no sólo en cada uno de los personajes, sino además en la estrecha relación que se establece entre ellos. Pero todo esto no puede concebirse sin una escenografía real cómplice que lo absorba todo, seres y situaciones. Porque también se construye, inevitablemente, desde el paisaje con todo lo que él muestra y evoca para el protagonista. En su intento por suicidarse, el mayor o menor apego del hombre a la vida tendrá que toparse con esa realidad que comienza a descubrir, plagada de nuevas sensaciones. Esta experiencia armónica y conflictiva entre el hombre y la naturaleza también juega a través de una banda sonora que utiliza la música no como mero acompañamiento de las situaciones, sino que establece un fuerte contrapunto con las imágenes, incluso evocando sus propias imágenes, como si tomara una forma independiente.

    Otra de las cosas, finalmente, que llama la atención es el título del film. Aunque al director le hubiese gustado que su obra no tuviera un nombre, prefirió, en todo caso, que el título de la película fuera más evocativo que descriptivo. Por eso la palabra Japón, como todo signo simbólico, guarda una distancia metafórica enorme entre el significado y su referente, que la obra nunca denuncia. Sin embargo Japón como símbolo del "país del sol naciente" introduce la imagen de un volver a nacer, un renacimiento que se presenta en dos instancias. Una relacionada con la historia de la película, que suspende en un tiempo congelado la reflexión acerca de la vida y la muerte. La otra, extradiegética, nos habla evidentemente de un nuevo comienzo, un re-nacimiento, del cine independiente latinoamericano que vuelve a mirarse en un nuevo amanecer para encontrar allí parte de su propia identidad, lo que no es poca cosa. De esta manera, como toda práctica vital, Japón se convierte en una experiencia única y, fundamentalmente, necesaria.

    (Fuente: Otrocampo)

     



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