“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

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  • El cine es mejor que la vida
    Por Arturo Ripstein

    La única condición que puso García Márquez para que empezara a filmar fue que él no iba a intervenir en la elaboración del guión ni en ninguno de los aspectos de la producción de la película. Tampoco quiso leer el guión que habíamos hecho. No quiso tampoco asistir al rodaje. Dijo solamente que vería la película como un espectador, y eso hizo.

    Vio la película conmigo y con cuatro personas más. Se puso muy contento. Y lloró. Soltó un par de lagrimones y eso me conmovió mucho. Fue un momento muy íntimo, de satisfacción y de gran emoción. Cuando García Márquez terminó de ver la película dijo: "Se me hizo justicia".

    Me robo la inspiración de donde la encuentro. Puede ser de una nota periodística, una novela, o de un relato de amigos. Es como determinar algo que puede ser utilizable gracias a ese momento misterioso que es el principio de la inspiración. Y entonces digo quiero esto. Cuando encuentro la inspiración en obras literarias soy fiel al momento de decir esto es lo que yo quería. Pero la novela queda siempre relegada al término de fuente. Yo soy fiel al cine, no a la literatura». Mis personajes son, por lo general, refractarios a la razón y a la prudencia. Se aferran a sus sueños con la fuerza ciega de los locos, de los enajenados. Van a sobrevivir. Así lo han dispuesto.

    Cuando digo que me puedo dar ese lujo de hacer lo que quiero es porque los productores me aceptan ciertas extravagancias, como sucede con Profundo carmesí y El evangelio de las maravillas, películas que me importan capitalmente. Ya no tengo que pensar vamos a hacer esto porque el público es lo que está viendo o tenemos que hacer esto porque es la moda. Esa etapa ha quedado superada. Ahora tengo un poco más de libertad para hacer lo que quiero y lo que verdaderamente me gusta. Pero es muy difícil. Me refiero a entusiasmar a los que financian las películas con ciertas ideas o proyectos extravagantes. Bien podría decir que he hecho mi carrera gracias a la contumacia.

    Las últimas cuatro películas que he filmado se suman a los proyectos indispensables. Indispensables porque llegó el momento en que tenía que hacerlas. Porque así lo quería y eso hice. Es como cuando no te puedes quitar algo de encima y lo tienes que hacer.

    También en buena medida he podido prescindir de la presión comercial hasta donde es posible. A uno nunca se le quita de la cabeza pensar en el éxito de la película. Pero no es el primer pensamiento que tengo —el éxito— a la hora de filmar. Yo hago una película y pretendo que sea la mejor. Claro que en el fondo me encantaría que todos la vieran. Hacer una película es un acto de compartir, pero también es un acto de un enorme egoísmo.

    Con El evangelio de las maravillas terminé algo que comencé con García Márquez muchos años atrás, me refiero a Tiempo de morir. En esa película se presentan una serie de elementos claves en mi producción. Hablo de planos muy largos y de una cierta manera de hacer un encuadre y de dirigir un actor. Embrionariamente ya está todo lo que utilicé hasta El evangelio de las maravillas, que es una especie de suma y compendio de lo que había hecho en los años anteriores. Se trata de una película de acumulación barroca, complejísima. Una película que muestra todo lo que yo había utilizado hasta entonces. Fue cuando dije: aquí termino y voy a tomar un camino distinto. Uno pretende que así sea pero no sucede así. Con El evangelio de las maravillas cierro un ciclo muy delirante y barroco. Y con El Coronel no tiene quien le escriba vuelvo a una película lineal, exactamente igual a Tiempo de morir. Nuevamente es una obra de García Márquez la fuente de inspiración. Pero Tiempo de morir es la historia de un viejo vista por un director joven —que era el yo de entonces— y El Coronel no tiene quien le escriba es la historia de un viejo vista por un director de su misma edad.

    Claro está que necesito tiempo para desarrollar este nuevo ciclo. Quiero hacer cosas completamente distintas. Pero la experiencia me ha demostrado que eso no es posible. Uno no puede evitar ser el que es. Mis planos siguen siendo semejantes. La manera en que trato los espacios y el tiempo es la misma —o parecida— porque no sé hacerlo de otro modo. Después de todos estos años lo único que he cambiado radicalmente ha sido la estructura de mis últimas películas. He querido experimentar más con emociones elementales que con emociones abstractas.

    No es mi intención que la película entre a competir con el libro. Son lenguajes distintos y en última instancia paralelos. Se trata de la traducción del libro a otro lenguaje. Pero no pretende ser ni peor ni mejor que la fuente. La película no cambia al libro. Es una traducción de las emociones que me produjo la novela cuando la leí por primera vez. Insisto: no pretende ser ni mejor ni peor, es distinta, es otra cosa, es un acontecimiento inspirado en otro acontecimiento.

    Desde pequeño me han inquietado un par de cosas. Me gustaría filmar algo de Faulkner y de Onetti, también de Rulfo. Hay una serie de autores que siempre han sido mis preferidos y que a lo mejor algún día pueda filmarlos, pero no son los proyectos inmediatos. Ahora me ocupa un proyecto con pocos actores y escenarios. La filmación será en vídeo y de ahí lo pasaré a película. Es otra manera de hacer las cosas.


    (Fuente: Tomado de Revista Cine Cubano 146)


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Arturo Ripstein


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