“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

ENTREVISTA


  • Se presenta libro que repasa 120 años de cine boliviano

    El libro Historia del cine boliviano 1897-2017 fue presentado en el marco de la XII Feria Internacional del Libro de Cochabamba. Carlos Mesa, coordinador de la obra, agrupó el trabajo de cinco escritores dedicados a la historiografía del séptimo arte boliviano: él mismo, Pedro Susz, Alfonso Gumucio, Andrés Laguna y Santiago Espinoza.

    El evento estuvo presidido por tres de los autores (Mesa, Espinoza y Laguna), y se efectuó en el salón Werner Guttentag.

    Cada uno de los cinco autores aborda épocas diferentes de la cinematografía nacional, desde la epoca silente hasta las producciones del pasado año. Los docentes, investigadores y periodistas Espinoza y Laguna son los responsables del periodo que abarca desde 1990 hasta 2017, gracias al periodo que estudiaron en los libros "El cine de la naciónclandestina" y "Una cuestión de fe". Los autores conversaron con este medio sobre su anera de encarar la historia del cine boliviano, así como su relación con la producción cinematográfica.

    P: ¿Cómo se logró una cohesión y coherencia en el producto final, tomando en cuenta que esta escrito a diez manos?

    Andrés Laguna (A.L.): La coherencia la dio la cronología histórica, pero es un trabajo heterogéneo, con perspectivas y aproximaciones diferentes. Ahí está su riqueza. Partimos de ciertos principios y acuerdos comunes, pero se respetó el estilo y la visión de cada autor.

    P: ¿Cuál es el carácter diferenciador en cuanto a su estilo literario frente a los otros autores, como son Susz, Gumucio o Mesa?

    Santiago Espinoza (S.E.): Resulta difícil valorar el estilo de escritura de los otros autores. De manera algo torpe y general, podría decirse que tienen un estilo más formal, solemne y grave, aunque con matices para cada caso, probablemente menos entusiasta que el nuestro, pero no por eso menos apasionado por sus particulares objetos de estudio. En todo caso coincidimos en el trato respetuoso por las obras y autores que se abordan, más allá de los gustos de cada cual. Puede que las diferencias más marcadas, en vez de estilísticas, sean de sensibilidad y proximidad hacia cierto tipo de cinematografías en desmedro de otras. Es evidente que nosotros nos sentimos más cerca que ellos del cine más contemporáneo, aunque no por ello hay desprecio nuestro ni de los otros autores por las cinematográficas que no les son contemporáneas a cada cual.

    P: En Bolivia, no existe ningún arte que tenga el respaldo de una critica especializada como el cine. ¿Cómo se forja esta relación íntima entre el crítico y el realizador?

    A.L.: Eso no es cierto. Si hay un arte con una crítica especializada amplia en Bolivia ese es la literatura. Lo que escasea es la crítica periodística de literatura, de artes visuales, de música o de teatro. Como dice Godard, se escribe mucho de cine porque el cine es como el fútbol, todos tenemos una opinión sobre él. Creo que lo que nos distingue a Carlos, Alfonso, Pedro, Santiago y a mí, es que hemos visto cine boliviano con cierta disciplina y tenemos un compromiso que nos ha obligado a formarnos en ese campo, a tener herramientas para sostener nuestras opiniones e interpretaciones.

    P: Su aporte al libro e abarca la cinematografía nacional desde 1985 hasta 2010. Si habría que señalar una constante en las producciones de este periodo en cuanto a técnica y contenido, ¿cuál sería?

    S.E.: Una constante es la heterogeneidad de técnica y de contenido. Vale decir que no hay una sola constante, acaso con la excepción de la consolidación del digital como principal soporte de producción y consumo de películas, en reemplazo del celuloide, a partir de 2003. Por lo demás, apenas podríamos identificar algunas tendencias del periodo que abordamos para este libro, que es de los 90 hasta 2017. En los 90 hay una apertura temática, con una mirada más urbana y menos militante, merced a la emergencia de otros cineastas, los del llamado Boom del 95: Marcos Loayza y Juan Carlos Valdivia. En la primera década de 2000 explota el digital, que trae consigo una búsqueda de experimentación de este nuevo formato, pero también una apuesta por la auto-representación (hablando de sujetos más jóvenes, clase media, de ciudades que no son La Paz, de márgenes, urbanos y despolitizados), en desmedro de una mirada al otro, que ha sido una constante del cine más canónico del país. En esta nueva década el panorama es aún más complejo: el cine más visible tiende a repolitizarse, pero a la vez surgen cines marginales, como los que ocupan espacios en festivales y los que se producen en provincias y áreas rurales, sobre los que aún queda mucho por analizar y estudiar. Hemos llegado a un punto de heterogeneidad audiovisual que complejiza la tarea de hallar constantes.

    P: El estudio que se presenta el sábado llega hasta el 2017. Hoy, ¿qué apreciación apresurada se hace de las películas nacionales estrenadas este año (“Averno”, “Eugenia”, “El Río”, “Muralla”, “Algo Quema”, “Soren”)?

    A.L.: No es una pregunta fácil, pues esas películas son muy distintas entre sí. Lo que creo que es un hecho es que se han profesionalizado los técnicos que realizan cine. Todas las películas que nombras son pulcras. Ahora, si hay algo que caracteriza a ese grupo es justamente su diversidad, cada una comprende al cine de una forma distinta, tienen estrategias de producción y discursos diversos. Incluso opuestos. ¿En qué se parecen Averno y Eugenia? En la nacionalidad de su director, en muy poco más. Son propuestas cinematográficas reciamente distintas.

    P: Las 12 películas fundamentales de Bolivia en su mayoría tratan contenidos sociales y políticos de Bolivia. ¿Cree que se recurre a un localismo recurrente con la producción nacional o más bien es un ejercicio para preservar la memoria?

    S.E.: Entre las 12 películas fundamentales es posible ver una constante discursiva nodal para nuestro cine y nuestro país: el lugar de lo indígena. Con diferencias de enfoque sobre ese eje giran “Wara Wara”, “Vuelve Sebastiana”, “Ukamau”, “Yawar Mallku”, “Chuquiago”, “La nación clandestina”, “Zona Sur” e “Yvy Maraey”, ocho de los 12 filmes de la lista. Entonces, puede que sea un localismo, pero que obedece a la constatación de que hay un asunto irresuelto ahí: ¿cuál es el lugar el indio en este país? Tampoco podemos reducir estas cintas a esa pregunta, pues tienen otras búsquedas y preocupaciones, pero es innegable que ella está muy presente y habla de algo más que un localismo o un afán de preservar la memoria. Nos habla de un conflicto político-cultural-social que nos abruma y nos constituye como nación.

    P: ¿Cuál es la diferencia a la hora de realizar una crítica sobre una película nacional y una extranjera?

    A.L.: Lamentablemente, solemos ser más condescendientes y paternalistas con el cine nacional. Eso es indudable. Pero, intento convertir esos primeros impulsos en una mirada afilada. Leer una película, boliviana o no, es como hacer un ejercicio de autocrítica. Por tanto, se debe hacer de manera implacable, con la mayor rigurosidad y profundidad posible.


    (Fuente: Opinion.com.bo)


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