“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • La nana, correr hacia uno mismo
    Por Andrés Laguna

    Sin lugar a dudas, la multipremiada cinta chilena, La nana, es uno de los estrenos más sugerentes e interesantes del año. Su éxito en Sundance, en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, en los Spirit Awards y en los Globos de Oro, definitivamente, no fue gratuito.

    Escrita y dirigida por Sebastián Silva, la película narra, de manera austera e inteligente, la vida cotidiana de Raquel (Catalina Saavedra), la empleada doméstica de una familia santiaguina acomodada. Después de más de veinte años de servicio, Raquel se ha convertido en un miembro fundamental de la estructura familiar de los Valdés, es la encargada de cocinar y limpiar, de despertar y vestir a los hijos, de poner orden en la casa, de disciplinar, es la que se ocupa de cada uno de los detalles funcionales. Raquel es como un miembro de la familia, pero la vida se encarga de recordarle que en realidad no lo es.

    Aparentemente, La nana no es más que una película social, que solo intenta retratar la vida de dos clases sociales que interactúan, de dos mundos que se encuentran desencontrándose. Pero, lo interesante es que Silva busca retratar cuestiones mucho más fundamentales, mucho más esenciales, mucho más profundas. La nana tiene algo de película social, pero ante todo es una obra intimista, un brillante relato del viaje de Raquel hacia sí misma. La película abre de manera sugerente, es su cumpleaños y la familia le ha preparado un pequeño festejo, con pastel y regalos. En una escena magníficamente lograda, Raquel se sienta en la mesa del comedor con la familia Valdés, lo que no es nada habitual. El cariño que se tienen es genuino, pero la tensión y la incomodidad son evidentes, son insuperables. Todos se sienten fuera de lugar, los roles sociales parecen haberse disuelto y nadie sabe cómo actuar ante eso. Raquel es el otro que se encuentra en los márgenes, el excluido, el que nos interpela con su mirada quebrada. Todos lo saben, todos son conscientes de ello, todos lo sufren. Más allá de los afectos que el tiempo y la convivencia hayan podido forjar, existen límites económicos y socioculturales que ni los empleadores, ni la empleada están dispuestos a cruzar.

    Poco más tarde, Raquel comienza a sufrir fuertes dolores de cabeza, hasta llegar a ser hospitalizada. Nadie puede explicar la naturaleza de la enfermedad. El espectador puede intuir que las terribles cefaleas que sufre Raquel son los síntomas de males que nos son exclusivamente funcionales u orgánicos. La empleada doméstica parece ser víctima de la depresión, de la frustración, de la incapacidad de vivir su vida, de construir un espacio propio. Durante su convalecencia, Pilar (Claudia Celedón), la madre de familia, decide contratar a otra mujer para aligerar la carga de las responsabilidades domésticas. Raquel se sentirá amenazada. La posibilidad de que alguien ocupe su lugar hará que se recupere. Sus más de veinte años de servicio la han convertido en una persona celosa de lo que tiene e incapaz de relacionarse con sus pares, incapaz de ser hospitalaria. De diferentes formas, a veces violentas y otras cómicas, se encargará de ahuyentar a las dos primeras mujeres contratadas para ayudarla. Pero, como reza la sabiduría popular, la tercera es la vencida. La familia Valdés contrata a Lucy (Mariana Loyola), una chica de provincia, alegre y libre, que con incondicional cariño se ganará a Raquel, le enseñará que la vida va más allá de las cuatro paredes de la casa de los Valdés, que la felicidad es un estado interno, que la plenitud se construye con actos cotidianos y que la hospitalidad debe ser siempre incondicional, que se debe abrir las puertas del hogar al necesitado. Lucy acogerá a Raquel, sin pedir nada a cambio, sin razones aparentes, y le devolverá la ternura, la voluntad de correr hacia adelante.

    En buena parte del cine latinoamericano de los últimos años existe una tendencia evidente, con diferentes suertes, se está intentado retratar la vida de las élites económicas y la interacción con sus sirvientes. Claros y recientes ejemplos son la mexicana Parque vía (2008) y la boliviana Zona sur (2009), cintas que, al igual que La nana, fueron premiadas y aplaudidas por el público y la crítica especializada. Lo interesante de este fenómeno no sólo está en la sinceridad y en la autenticidad de muchas de las propuestas cinematográficas, no solo está en que son obras confesionales y en algunos casos autobiográficas. Lo realmente relevante de esta tendencia es que se está mirando y oyendo a un sector de la sociedad que era anónimo e invisible. Incluso para el cine social e indigenista tenía poca relevancia, pues a los sirvientes ni siquiera se los consideraba como actores del cambio social. Después de años, después de que las generaciones educadas por sirvientes crecieron y comenzaron a narrar historias, se está comenzando a entender que las empleadas y empleados domésticos son individuos con necesidades singulares, con historias personales, vitales y poderosas. En ese sentido, La nana es una película brillante y ejemplar, que a través del fabuloso trabajo actoral de Catalina Saavedra encarnando a Raquel, nos permite explorar el universo de un personaje fértil y profundo, de un personaje que es próximo y lejano a la vez. Raquel no habla mucho, no es culta, no tiene ningún tipo de formación académica, se siente incómoda con sus patrones, pero en el desarrollo de la película nos demuestra que con códigos, hábitos y formas de ser distintas a las que nos ha acostumbrado el cine masivo y sus protagonistas, lee y reinventa su vida, la vida misma, y encuentra su lugar en el mundo.

    (Fuente: Cinemascine.net)


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