“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

ENTREVISTA


  • Exhibida en Caracas ¿Tiene Sida el presidente?, de Arnold Antonin
    Por Pablo Gamba

    La inclusión de la película haitiana ¿Tiene sida el presidente? de Arnold Antonin (2006), ganadora del premio a al mejor filme de la diáspora africana en el Festival de Ouagadougou, Burkina Faso, en la Muestra Itinerante de Cine del Caribe que exhibió la Cinemateca Nacional, probablemente ha causado alegría a varios en Venezuela. Por fin se vuelve a ver algo de quien estuviera largos años exiliado aquí de la dictadura del “Bebé” de los Duvalier, Jean-Claude. Para más nostalgia, el título es típicamente antoniniano. La interrogación trae a la mente ¿Puede un mecenas ser agente de la CIA? (1976) y, sobre todo, ¿Puede un ton-ton macoute ser un poeta? (1980), que en su momento fueron ampliamente difundidas aquí, al igual que Radio Haití, el derecho a la palabra (1984) y el monumental documental histórico Haití, el camino de la libertad (1975).

    Antonin integra, junto con Raoul Peck, la dupla de realizadores haitianos más conocidos fuera de su país. Su producción de las décadas de los setenta y ochenta estuvo estrechamente vinculada con su militancia en la Organización Revolucionaria 18 de Mayo, y se inició con el cortometraje Duvalier acusado (1974). Luego vinieron los títulos anteriormente mencionados, antes de su regreso a Haití en 1986, cuando cayó la dictadura. ¿Qué ha sido desde entonces de la vida y obra de este amigo de Venezuela? La exhibición de ¿Tiene sida el señor presidente? es también un buen motivo para hacerle esta pregunta.

    —¿Qué ha sido de su carrera y de su producción desde que dejó Venezuela?
    — Un mes después de la caída de la dictadura de los Duvalier, en febrero de 1986, volví a Haití. Al regresar empecé, sobre todo, la lucha política para lograr el cambio democrático e hice un poco menos de cine en los primeros tiempos. Después hice sobre todo películas, diría yo, institucionales, sobre los derechos de los niños, sobre los derechos de los trabajadores, películas sobre cuestiones de salud. En el 94 hice una película sobre Puerto Príncipe, que se llamaba Puerto Príncipe, la Tercera Guerra Mundial ha tenido lugar. Ese filme tuvo un premio en el Festival de Montreal. A partir de 2000 comencé una serie de documentales sobre los artistas importantes de Haití, los maestros de la pintura haitiana, su universo mental, material y artístico. Además, hice retratos de gente del pueblo: sobre una mujer mecánico y otra película titulada Coraje de mujer. Y también una cinta inspirada en la obra teatral Chupeta y el bandido. Después filme un documental de largo metraje sobre la lucha estudiantil y varios otros documentales sobre el problema del sida en Haití.

    Últimamente hice esta película de ficción que se llama ¿Tiene sida el presidente? Era un modo de hacer algo más popular, que tocara más gente que los documentales. La película tuvo el premio al mejor filme de la diáspora africana en el Fespaco, en Ouagadougou, y el premio del comité nacional de lucha contra el sida en Burkina Faso. Después ganó un premio en el Festival Imágenes del Caribe, en Montreal, y ha sido invitada a un montón de festivales: La Habana, Amiens, San Sebastián, el Festival Películas del Sur, en Noruega... La película sigue haciendo su camino.

    — El salto a la ficción, ¿se debió básicamente al deseo de despertar el interés de la gente?
    — Es evidente que ¿Tiene sida el presidente? ha llegado a un público mayor. Un crítico de la revista Africultures dijo que había logrado hacer una película que fuera a la vez comprometida y popular. Esa era mi intención: hacer un cine de ficción, más popular, que pudiera llevar mensaje.

    — ¿Se va a dedicar ahora a hacer películas de ficción?
    — Acabo de hacer un documental sobre un pintor haitiano. Estoy haciendo otro sobre Jacques Roumain, que fue un gran escritor haitiano, autor de Gobernadores del rocío, y este año se celebra en Haití su centenario. A finales de julio empezaré a filmar otra película de ficción, que se llama Los amores de un zombie.

    —El título suena interesante. ¿Es una revisión de la mitología del zombie?
    — No. Es una película alegórica sobre la situación de Haití.

    — Hablando de situaciones, ¿cuál es el estado del cine en Haití?
    — En Haití actualmente se hace mucho cine en video. La mayor parte son películas hechas con pocos medios, con poca plata, muy rápidamente y son, o bien historias de amor rosa, de telenovela, o bien tratan de imitar un poco el cine de Hollywood. Pero se produce bastante. Ocurre un poco como el fenómeno de Nigeria. Al lado de esto hay un esfuerzo para hacer unas películas populares pero de mejor nivel. ¿Tiene sida el presidente?, por ejemplo, es protagonizada por un gran actor haitiano que está en Los Ángeles, en Hollywood, Jimmy Jean-Louis. En resumen, es un cine que está todavía buscándose. Pero existe un gran peligro que lo amenaza, que es la piratería. Copian las películas que hacemos muy rápidamente. Hay salas que las proyectan, como ha ocurrido con mi película, sin autorización. Hay hasta cadenas de televisión que hacen eso, sin pagar. Pero el cine haitiano cuenta con algo muy importante, y es el gran apoyo del público. Una película haitiana, aunque sea mala, tiene más público en Haití que cualquier película extranjera.

    — ¿A qué atribuye eso?
    — A la búsqueda de ver la propia imagen. El cine es como un espejo, y la gente está ávida de ver su propia imagen, su propio idioma, su propia historia.

    — Por qué fue usted a Ouagadougou con ¿Tiene sida el presidente? ¿Es un destino de los cineastas haitianos vincularse con África?
    — No. El Festival de Ouagadougou es el mayor festival de cine del Tercer Mundo y es el más importante de África. Es un festival muy prestigioso, tan prestigioso o más que el de La Habana. Cuando estuve en Ouagadougou había periodistas de Japón, de Australia, de China, de toda Europa y del mundo entero. Además, es un Festival que tiene 40 años; no es un festival que acaba de nacer. Es también un epicentro del buen cine africano, que no se conoce en otros países pero es de muy buen nivel, con grandes maestros. Es igualmente el único Festival que tiene un premio, que se llama Paul Robeson, para la mejor película de la diáspora africana. Entonces, además de ser un festival africano, participan los caribeños, los norteamericanos, los brasileños... Todos ellos participan en este Festival.

    — ¿Por qué usted siempre ha tenido inquietud de hacer cine sobre los artistas en general, y sobre todo sobre los creadores de las artes plásticas?
    — Porque yo pienso que todo el mundo, pero particularmente en nuestros países, la cultura tiene un papel muy importante. Haití, actualmente, no es solamente un país donde la cultura tiene un gran peso sino que es el único producto exportable en este momento. Desgraciadamente no se le da la importancia que tiene, pero en Haití hay una gran producción de artes plásticas, pintura y escultura, una gran producción de artesanía artística y siempre ha habido momentos en los que el teatro ha sido importante. Pero en Haití hay una especie de complot contra la memoria: no hay museos y, cuando muere un artista, nadie se acuerda de él. Entonces hago esos pequeños museos personales míos, que quedan para la comunidad haitiana, y que son esas películas sobre los artistas.

    — En términos de rescate de la memoria, ¿podría decirse que son como una suerte de continuación de Haití, el camino de la libertad?
    — Bueno, si quiere también. Pero yo he evolucionado mucho con el tiempo. Haití, el camino de la libertad era una película un poco esquemática, muy militante, de los años setenta. Pero, claro, hay una continuidad de la lucha para que la situación haitiana mejore, que, desgraciadamente, parece mucho más larga de lo que esperaba.

    — En Nueva Sociedad usted escribió un artículo en el cual consideraba que la intervención que puso fin al gobierno de Jean-Bertrand Aristide había sido positiva en algunos aspectos. Hay sectores políticos en Venezuela a los que eso les llamará la atención y quizás pedirían que usted explique su posición.
    — Aristide fue el primero que llamó a la intervención extranjera en Haití. Yo estaba completamente opuesto y luchamos durante mucho tiempo para que no interviniera ningún extranjero en el país. Pero fue él quien los llamó. Cuando fue derrocado en un golpe de Estado por los militares, 20.000 marines lo trajeron de regreso. Una vez que estuvo en el poder, él eligió como guardia pretoriana a un grupo de militares extranjeros y, contrariamente a todo lo que se cree en Venezuela, hasta el último momento tuvo el apoyo del exterior. Nosotros siempre hemos luchado contra la intervención extranjera en este país. Sólo que en este caso fue una misión de Naciones Unidas, que tuvo que actuar frente a los bandidos armados por la destrucción de la policía.

    — Entonces usted considera que la actuación de las Naciones Unidas fue positiva en algunos aspectos.
    — No. Fue vergonzoso que eso ocurriera en el bicentenario de la Independencia. Pero fue una intervención de las Naciones Unidas, de las que Haití es miembro fundador, no una intervención de los norteamericanos. Se tendría que haber evitado pero, una vez que estuvo en el país la misión, había que hacer que cumpliera un papel político. Es por eso que estamos luchando, para que no sea un papel absolutamente negativo. Evidentemente, de la situación política de Haití y de la historia reciente habría para escribir varios libros y, para comprender la complejidad de estos embrollos políticos, tendríamos que hablar mucho más extensamente. Quedo a tu disposición para seguir hablando del tema. Antes de despedirme quisiera mandar un gran saludo a todos los amigos y cineastas venezolanos y latinoamericanos que me acompañaron y apoyaron durante mis largos años de exilio en Venezuela.


    (Fuente: Revista Vértigo)


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