“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • El patio de mi casa: tocar, oler, sentir
    Por Dean Luis Reyes

    Hay que insistir: el dar cuenta de un marco contextual visiblemente cubano, ese denominado “color local”, y la obsesión por lo textual-literario en el trazado de las obras de la cinematografía nacional, son dos problemas decisivos ante los cuales se debate hoy el audiovisual cubano.

    Ese reincidir en las marcas de “lo local” (antigualla tan volátil) impone límites al espacio de trabajo temático, pero sobre todo simbólico, de nuestro cine. “Lo cubano” como valor de cambio en el mercado de valores simbólicos de la aldea global nos deja en una posición bien incómoda de subalterno-latino-caribeño-cuerpo-movimiento, con ciertas dotes emergentes, en nuestro caso, para dorar un sueño. Pero cuando insisto en la necesidad de rebasar el gobierno de la textualidad en el audiovisual cubano quiero decir que se hace urgente explorar las potencialidades lingüísticas del lenguaje cinematográfico. Ello es un reclamo que vale para el cine actual en general, cuyo apego por la fábula, por el logos en tanto que demanda de sentido (aquel principio de las ideas que decía Platón), ese Verbo regimentador de las estructuras de la realidad y de su explicación, depende en el cine en general de su matriz literaria. También en nuestro cine se da la necesidad de mantener bajo control el sentido, a través de una actitud que explica la masculinidad reinante en el panorama de la realización de cine local. De ahí que la aparición de un discurso femenino en nuestro audiovisual necesite ser algo más que un asunto de mera diversidad sexual.

    Patricia Ramos hizo su debut en la dirección de ficción en 2004, después de graduarse en la EICTV en la especialidad de guión. Su primer corto fue Na Na, donde refería la historia de dos niños a quienes las ambiciones materiales de sus respectivas familias y hechos fortuitos aproximan y luego separan. Ya en este corto Patricia demostró su capacidad para construir con poquísimos elementos el paisaje emocional de un grupo de personajes, donde cada elemento del mundo objetual contribuía a engrosar el sentido de la parábola tejida en torno a la solidaridad y la fidelidad al otro.

    Ahora Patricia estrena su segundo corto: El patio de mi casa. Otra vez está aquí el paisaje sensible de una familia, ahora con el patio, el lavadero y las tendederas como escenario. Esta unidad de lugar, reforzada por un tiempo plomizo, continuo, reconcentrado, que parece detenido al interior de ese micromundo, es justamente el primer elemento que contribuye a subrayar su condición de universo aparte, como también de reclusión.

    El patio de mi casa se extiende a lo largo de doce minutos de difícil sinopsis, pues el relato es delgadísimo, el peso literario es poco y los diálogos son inexistentes, pues se limitan a frases sueltas y a una breve conversación. Se renuncia casi a la construcción dramática, optando por un juego tonal, de atmósfera. En fin: la madre lava, los niños juegan con agua, la abuela se adormece en un sillón, el abuelo entra y sale, mientras un obrero de la electricidad repara algo en el tendido y asiste, en calidad de ojo aéreo, a la escena.

    Lo anterior pudiera resultar paradójico ante el hecho de que El patio de mi casa resultó el guión premiado en el primer concurso de cortos de la productora Caminos, del Centro Martin Luther King Jr. Mas, la constitución audiovisual de esta película depende sobre todo de su cualidad sinestésica, de la asociación de sensaciones de naturaleza distinta que sugiere su entramado. Y El patio de mi casa insinúa paz, una paz interior que está en cada uno de sus personajes, en la naturalidad con que habitan su mundo sin otra ambición que estar en él, al tiempo que sueñan un universo ideal, el cual vislumbran en aquellos momentos en que la madre y la abuela, y al final todos, se adormecen y habitan un paisaje onírico distinto y acaso mejor al que en vida les ha tocado.

    Cuando uno acaba de ver El patio de mi casa siente que ha estado en ese mundo, que ha tocado la humedad de ese patio y olido la limpieza de la tela recién lavada. La sensación táctil que provoca aquel plano en el cual los niños juegan a proyectar sus cuerpos como sobre la tela del viento contra las sábanas tendidas, tiene que ser entendido por las terminaciones nerviosas de la piel antes que por el animal racional que cada espectador está habituado a ser.

    Aquí la música, la puesta en cámara, el ritmo del montaje, la constitución sonora general, contribuyen a transportarnos a ese mundo reconocible, por cotidiano. Pero es sobre todo la fotografía de Lily Suárez, que cuidó la temperatura de luz como un valor sensorio insustituible, y que no tuvo reparos en resolver con efectividad y esteticismo (léase “fotografía bonita”) el tratamiento visual de este universo, sin por ello obviar su dureza, lo que constituye un elemento decisivo.

    Esto, y los excelentes desempeños de los actores, quienes dependen más que nada de sus cuerpos para comunicarnos estados de ánimo que no estarían mejor definidos en los diálogos o en las vueltas y revueltas de una trama. Marta del Río y Norberto Blanco consiguen una pareja hermosa, mientras que Beatriz Viñas se confirma como una de las mejores actrices jóvenes, acaso junto a Tamara Venereo los mayores descubrimientos del corto cubano reciente. Otra vez obtiene Patricia de los niños actores naturalidad y expresión dúctil. Uno se siente tentado a afirmar que Patricia, por ser mujer, es capaz de construir este paisaje sensible incomparablemente mejor que cualquier realizador hombre. Prefiero pensar, en cambio, que la intuición y no el cálculo la llevan a obtener un resultado lleno de afectos y verdad dramática sin sacrificar por ello las herramientas lingüísticas del cine a favor de un relato propio del discurso literario más que de la generación de sentidos a partir de lo propiamente audiovisual. Y conste que El patio de mi casa no es cine abstracto ni puro juego formalista o experimental, sino un texto realista, narrativo, tradicional.

    He aquí, por cierto, una obra que no hace concesiones al cubaneo ni a la estetización de la pobreza tan en boga. Sin embargo, no rehuye tratar una realidad epocal y local reconocible, por extensión cubana. Pero para ello no subordina su lenguaje al universo de relaciones que representa. Quiero decir: no hace del contexto su tema; le interesa ante todo la dimensión humana de sus personajes. Y ello consigue comunicación abierta y democrática.

    My house yard: touch, smell, feel
    By Dean Luis Reyes

    We have to insist: giving an account of the visibly Cuban contextual framework, the so called “local color” and the obsession for the textural-literary in the design of pieces of the national film production, are the two decisive problems before which the Cuban audiovisual struggles.

    That fall back on the traces of “what is local” (such volatile old relic) imposes limits to the space of themes to work with, but mainly to the symbolic part of our films. “The Cuban trait” as exchange value in the symbolic values marketplace of the global village leave us in a very uncomfortable position, that of Latin-Caribbean-body-movement-subordinate, with certain emerging talents, in our case, to cover a dream with gold. But when I insist in the need of overreaching the control of textual material in the Cuban audiovisual what I mean is that it is urgent to explore the linguistic potential of the cinematographic language. That is a valid claim for the cinema of these days in general, whose attachment to the fable, the logos in demand of sense (that principle of ideas that Plato referred to) that Verb registering the structures of reality and its explanation, depends in the movie in general of its literary matrix. Another trait of our cinema production is that of keeping sense under control, through an attitude that explains the masculinity prevailing in the local filmmaking scenario. That is why the presence of a female discourse in our audiovisuals needs to be more than just a mere evidence of sexual diversity.

    Patricia Ramos made her debut as a director of narrative feature films in 2004, after she graduated from the EICTV in the specialty of script write. Her first short length film was Na Na, where she told the story of two children who are first united and later separated by the material ambitions and casual events of their respective families. In this short length film, Patricia already gave evidence of her capacity to construct, with few elements, the emotional scenery of a group of characters, when each element of the world of objects contributed to increase the sense of parable weaved around the solidarity and fidelity to the other.

    And now Patricia premieres her second short length film:  El patio de mi casa. Once more, the theme is the sensitive scenery of a family, this time placed it a setting with the yard, the sink and the clothes line. This union in a place, plus a leaden, continuous, concentrated time, that seems to be still in the interior of a micro world, is just the first element that contributes to highlight its condition as a distinct universe and a condition of seclusion.

    El patio de mi casa
    consists of twelve minutes of difficult synopsis, the story is very thin, the literary element is scarce and there are no dialogues, just loose phases and a brief conversation. The author almost renounces to the dramatic construction, taking a choice with the use of tones, the atmosphere. In short: the mother does the laundry, the children play with water, the grandmother drowses off in a rocking chair, the grandfather walks in and out, while an electricity worker is repairing something in the electric wiring and participates, as an aerial eye, in the scene.

    The above described can be felt as a paradox taking into consideration that  El patio de mi casa won the prize in the short length films contest of the production company Caminos, from the  Martin Luther King Jr Centre. Besides, the audiovisual constitution of this film depends mainly on its kinesthetic quality, on the association of sensations of a different nature that its plot suggests. And  El patio de mi casa insinuates peace, an inner peace that is present in each of the characters, in the spontaneous way in which they inhabit their  world without any other ambition than to dwell in it, while they dream of an ideal universe, which they envision when the mother and the grandmother and finally all of them, grow drowsy and reside in an dreamlike landscape which is   different and perhaps better to that of their real lives.

    When one finishes seeing El patio de mi casa there is the feeling of having been in that world, of having touched the moisture of the yard, smelt the cleanness of the just washed clothes. The tactile sensation provoked by the sequence when the children play to project their bodies against the bed sheets in the clothes line, as if they themselves were cloths in the wind, has to be understood by the nerve endings of the skin before it is understood by the rational animal that each spectator habitually is.

    In this film, the music, the uses of the camera, the pace of the montage, the sound constitution in general, contribute to carry us to that recognizable world, for its day to day nature. But above all, the decisive element is Lily Suarez photography; she took care of the light temperature as an irreplaceable value of the senses and she had no qualms about solving with effectiveness and aestheticism (meaning “nice photography”) the visual treatment of this universe, without circumventing its toughness.

    Another element is the excellent performance of the actors and actresses, who mainly depend upon their bodies to communicate moods that could not be better defined through dialogues or with the turns of the plot. Marta del Río and Norberto Blanco make a beautiful couple, while Beatriz Viñas reaffirms herself as one of the best young actresses, probably with Tamara Venereo, they are the greatest discoveries of the recent short length film in Cuba. Once again, Patricia is able to obtain spontaneity and ductile expression from the acting children. One feels tempt to affirm that Patricia, due to her female condition, is able to construct this sensitive scenario a lot better than a male filmmaker. Instead, I prefer to think that intuition rather than consideration makes it possible for her to achieve a result full of affection and dramatic truth without sacrificing the cinema linguistic tools that favor a story more pertaining to the literary discourse than to the generation of typical sense of the audiovisual. And let it be understood that  El patio de mi casa is not abstract movie or pure experimentation or formal play, but a realistic, narrative and traditional text.

    Here is, for certain, a work that does not compromise itself with the cubaneo or the fashionable aesthetics of poverty. Nevertheless, it does not avoid dealing with the identifiable reality of a time and a place, the Cuban one. To achieve that intention, she does not subordinate her expression to the universe of relationships she represents. I mean: the context is not her theme; she is primarily interested in the human dimension of her characters. And that achieves an open and democratic communication.


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