“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

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  • Impacta El cobrador de Paul Leduc
    Por Joel del Río

    El realizador mexicano Paul Leduc es de esos pocos casos registrados en la historia del cine que han osado abandonar el medio precisamente en el momento de máximo reconocimiento. Cansado de las ingentes dificultades para realizar cada uno de sus proyectos, Leduc decidió darle un portazo en las narices a tanta alharaca publicística, a tanta frivolidad y concesión, muchas veces imprescindibles, y dejó trunca su filmografía hace más de una década, luego de completar la trilogía carnavalesca y experimental que representaron Barroco (1989), Latino Bar (1991) y Dollar Mambo (1993). Entonces declaró que dejaría el cine para vivir más tranquilo, pero ha vuelto a rodar una película, y a estrenarla, con significativo éxito de prensa y público.

    El Cobrador: In god we Trust se presentó en la sección Horizontes del Festival Internacional de Cine de Venecia. Se basa en varios relatos del octogenario escritor brasileño Rubem Fonseca (Paseo nocturno, Ciudad de Dios, El juego del muerto, Placebo y El cobrador, que es el que da título al filme), y desarrolla un concepto en esencia polémico para el público primermundista: la necesidad de venganza de los oprimidos de Latinoamérica, de aquellos que tienen una deuda por cobrarse, como indica el título. Dicho en otros términos, los del director, el filme trata sobre “la violencia de la globalización y la globalización de la violencia”, y cuenta varias historias ambientadas en Nueva York, Miami, Río de Janeiro, Ciudad de México y Buenos Aires, todas centradas en el “resentimiento social, la rabia, una furia incontenida que no encuentra cauce”.

    Drama disfrazado de policial negro, con varios personajes que pasan por personas comunes pero que podrían denominarse terroristas, en términos más anecdóticos el filme narra las historias de un empresario estadounidense (Peter Fonda), que utiliza su cuatro por cuatro como arma; una joven argentina de viaje en México (Antonella Costa), que busca aclarar si es hija de desaparecidos; y un joven negro (el brasileño Lázaro Ramos, famoso internacionalmente por su protagónico en Madame Satá) que inicia un baño de sangre cuando cae una pistola en sus manos y huye por todo el continente.

    Catalogado como uno de los mejores exponentes de una generación de cineastas que hizo coincidir en sus obras afortunadamente el compromiso social y la vanguardia estética, Leduc es el autor de dos títulos insoslayables en el cine de la región: Reed, México Insurgente (1973) y Frida, Naturaleza Viva (1986) cuyo extraordinario alcance artístico no fue siquiera emulado por la más reciente versión hollywoodense de Salma Hayek. 

    Como era de esperarse, en su nuevo trabajo el autor despliega su proverbial habilidad en el manejo de herramientas cinematográficas como el encuadre, el montaje, la riqueza de la banda sonora más allá del diálogo, y asombrosos movimientos de cámara, y así consigue imágenes fuertes, de una violencia impactante.

    En recientes declaraciones, Leduc asegura que aspira a generar polémica: “No se trata de justificar la violencia, sino de hacer pensar al espectador sobre lo que estamos viviendo en Latinoamérica. Es una metáfora que busca poner el problema sobre la mesa. Es hacer un poco de abogado del diablo. Si en México se cierra la vía democrática y la gente cree que no es posible lograr un cambio a través de los votos, habrá gente que se volverá a ir a la montaña y volverá a haber guerrillas. No es que ciertas posiciones políticas propongan la violencia, sino que ciertas políticas generan esa violencia como reacción”.
    En 1999, Leduc ya tenía el primer guión de esta película y en los años siguientes fue reuniendo el dinero para rodar. La primera línea decía: Exterior - Día - Nueva York - Torres Gemelas. Entonces ocurrieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York. Cuenta el director que cuando ocurrió el desastre, lo llamó un amigo por teléfono diciéndole que estaban poniendo su guión por televisión. Luego, se convenció de regresar al cine cuando leyó el cuento El Cobrador, que reflejaba con tanto verismo preocupaciones contemporáneas. Pero la película no se pudo rodar de inmediato. Ningún productor estaba interesado en hablar sobre la violencia contemporánea tras los ataques terroristas. Varios años después se conformó la coproducción entre Argentina —Arca Difusión, de Liliana Mazure—, España (Agustín Almodóvar, hermano de Pedro), Brasil y México.

    En otros círculos, el nuevo filme se ha interpretado cual mensaje de advertencia a la derecha mexicana en particular, y latinoamericana en general. El realizador ha dicho que “en América Latina se han instalado recientemente gobiernos de izquierda y de centroizquierda, que en caso de fracasar, no por faltas propias sino por influencias ajenas, ocurrirá una espiral de violencia que terminará nuevamente en guerrillas en las montañas y terrorismo en las ciudades; cuando se cierra la vía democrática y la posibilidad de cambio a través del voto la violencia vuelve a apoderarse de la vida cotidiana”,

    El Cobrador pretende ver, y adentrarse, en los aspectos de la violencia contemporánea —explicó en otra rueda de prensa Paul Leduc— esa violencia que aparentemente comienza con rollos gratuitos, y luego van apareciendo los contextos que la originan. Habrá quienes la critiquen por excesivamente violenta, pero la tele y el cine están plagados de violencia, solo que en versión gringa. A la violencia de la ultraderecha mexicana no le dicen nada, porque no le ven nada de malo”.
    Amigo de Cuba como ha sido siempre, del ICAIC, de los festivales de La Habana, y de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, Paul Leduc es probable que esté con nosotros para diciembre, cuando tendremos oportunidad de ver su película, esa tan polémica obra que ha vuelto a colocarlo en los senderos del séptimo arte.



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