“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez

CRITICA
  • Una sencillez aparente
    Por Luis Ormaechea

    La idea de realizar un largometraje de ficción con actores no profesionales se le ocurrió a Carlos Sorín hace unos años mientras filmaba un comercial en el cual se narraba el impacto causado en un pequeño pueblo de la Patagonia por la instalación de un teléfono (el del paisano que decía "¡Hola vieja!, ¿a que no sabes de dónde te estoy hablando?"). Al arribar a ese poblado vio que la gran excitación que había entre sus habitantes se debía no tanto a la presencia de un equipo de filmación como a la llegada misma del teléfono. En ese instante, se dio cuenta que no tenía sentido filmar una representación de algo que tenía realmente frente a sus ojos, mandó a sus actores de vuelta a Buenos Aires y rodó con los pobladores, verdaderos protagonistas de la historia.

    Luego de esta exitosa experiencia, bocetó tres historias junto al guionista Pablo Solarz y comenzó un casting por distintos lugares del territorio argentino. Una vez efectuada la primera selección, reescribieron el guión en función del elenco. De este modo, Historias mínimas nació como la exploración de uno de los distintos modos de encarar el tema de la representación de la realidad. Probablemente, la mayor diferencia entre un largometraje de ficción y un documental resida en el hecho de que la ficción maneja materiales que solo existen para el filme, mientras que los personajes y sucesos del documental tienen o tuvieron una existencia independiente del acto de filmar. Carlos Sorín puso en cuestión este límite al hacer que el actor y el personaje fueran la misma persona.

    No es la primera vez que este director juega en los ambiguos y difumados bordes que separan a la ficción de la realidad. En su ópera prima, La película del rey (1986) la historia de un director de cine y la historia del rey terminaban siendo una sola, la de una pasión compartida. Al año siguiente, filmó La era del ñandú, un documental apócrifo para el ciclo televisivo Ciencia y Conciencia. Tomando como punto de partida el famoso caso de la crotoxina (un medicamento que supuestamente curaba el cáncer), Sorín construyó un relato combinando una historia disparatada con los códigos del realismo televisivo, dando como resultado un sorprendente efecto de credibilidad en la audiencia.

    La acción de estas Historias mínimas transcurre en la provincia de Santa Cruz. Don Justo (Antonio Benedectis) es un anciano de 80 años que inicia un viaje de 400 kilómetros en busca de Malacara, su perro. Roberto (Javier Lombardo) es un viajante de comercio que intenta seducir a una joven viuda llevándole una torta para el cumpleaños de su hijo. María (Javiera Bravo) es una mujer muy humilde que debe viajar hasta la ciudad de Puerto San Julián para recibir un premio ganado en el sorteo de un programa de televisión. Los tres protagonistas comparten las desérticas rutas patagónicas, pero sus historias se entrecruzan insignificativamente en los escasos paradores.

    La simpleza de las historias narradas no debe confundirse con unas puestas en escena en formas simples o elementales. Experto conocedor de las posibilidades de manipulación del rodaje y el montaje, Sorín construyó un relato con una coherencia textual inusitada en nuestro cine. La narración va entrelazando las tres historias, no solamente en sus cruces a nivel argumental, sino con una gran cantidad de detalles, de los cuales solamente voy a citar aquí la insistente presencia de la televisión, o la pelota de fútbol que puede ser una tortuga y la tortuga que puede ser una caja de cosméticos. Uno de los mayores placeres que otorga Historias mínimas es descubrir esos motivos que se repiten o se transforman, pero están presentes a lo largo de todo el relato. Tras su apariencia de simpleza, el filme presenta una complejidad sorprendente. Con una mirada atenta, aquello que se nos presenta como “la vida misma” se revela como una soberbia construcción, un simulacro creado por ese gran ilusionista que se llama Carlos Sorín. Historias mínimas es un buen ejemplo de la búsqueda consciente de un autor que desarrolla un programa basado en la formación y en el trabajo para conseguir un objeto estético, a diferencia del “genio” que simplemente lo encuentra gracias a sus supuestas intuición y sensibilidad.

    Considerando que ambos filmes utilizan actores profesionales y amateurs, y que los dos presentan una historia casi minimalista, se pueden pensar algunas cuestiones acerca de Historias mínimas y la sobrevaluada Caja negra (Luis Ortega, 2001). Todo filme es una puesta en relación entre cuerpos: entre los cuerpos filmados, el dispositivo fílmico (que podríamos pensar como el cuerpo del narrador) y el cuerpo de cada espectador. La responsabilidad ética del realizador es inmensa, porque ocupa el lugar de mediador entre lo representado y el espectador. Aunque es éste último quien completa la relación, lo hace a partir de ciertas pautas propuestas por la narración. El director es quien, en primera instancia, condiciona la mirada del espectador, quien le da las primeras instrucciones para construir el cuerpo representado. Sorín construye los cuerpos representados con una mirada afectiva, cariñosa. En el extremo opuesto, Ortega mira los cuerpos de los actores no profesionales desde una lejanía propia de un entomólogo (justamente lo contrario a lo que hace con el cuerpo de Dolores Fonzi), observándolos pero sin entrar nunca en contacto con ellos. Es muy llamativo que la inmensa mayoría de las críticas que se hicieron a Caja negra no se refirieron a los primeros planos del filme (que muestran a unos simios encerrados en una jaula), un momento de suma importancia en el relato por su característica fundacional de la mirada propuesta por Ortega. En este punto, las propuestas de Sorín y Ortega representan dos grandes actitudes que se oponen como la salud a la enfermedad, o como diría Metz, como lo moral a lo inmoral.



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