“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Sin caer en fáciles tentaciones
    Por Almudena Muñoz Pérez

    Hace unos años Guillermo del Toro decidió que una bomba anclada en un patio de colegio era una buena metáfora de los sentimientos y hechos escondidos tras la Guerra Civil española. El espinazo del diablo, película que partía de dicha premisa argumental, pecaba de cierta esperanza vana y de unos recursos terroríficos no menos manidos por utilizarse en un contexto nuevo. El laberinto del fauno, cinta prima hermana de la primera, se refleja en el imaginario del director mexicano como un opuesto, pues en lugar de explotar con fuerza purificadora y visual, se va apagando progresivamente hasta cerrar ese sendero tenebroso que cuenta lo mismo, pero con mayor acierto.

    Sin caer en la tentación fácil del título, Guillermo del Toro ha evitado la narración farragosa y enrevesada que podía derivarse de su complejidad formal. Lo que sí hace honor al nombre de la cinta es su engañosa estructura: las puertas de entrada y salida que Ofelia (Ivana Baquero) utiliza para comunicarse con un mundo fantástico en medio de un monte plagado de falangistas y maquis, son en realidad las mismas, y los caminos por descubrir conducen a lugares ya conocidos por la niña. El perturbador plano con que arranca el filme insinúa esta pesimista idea, anunciándonos ya que no se trata de hacer honor a los cuentos tradicionales ni pervertirlos, sino de revelar su auténtico trasfondo. La protagonista de El laberinto del fauno se sitúa en la línea de esas heroínas en miniatura que han sufrido, más que admirado, su paso por la dimensión que existe al otro lado del espejo; Alicia y Dorothy como más claros referentes, pues incluso con la niña de El mago de Oz comparte los zapatos rojos y quiméricos como señal de traspaso a un mundo inexistente. Podría mencionarse como pariente aun más cercana En compañía de lobos, de Neil Jordan, si no fuera porque Del Toro no pretende extraer ningún mensaje moral ni sexual de la narrativa tradicional, sino caer de pleno en un nihilismo y un universo muy propios.

    La fantasía ya no sirve como vía de escape, pues nuestro mundo nos revela a través de medios crecientes sus dolorosas verdades a medias. Del Toro refleja con maestría este asesinato de la imaginación, evitando el perfeccionismo, los manierismos y los escenarios imposibles, configurando una puesta en escena que en su sobriedad rebosa detalles vistosos y brillantes. Todos los lugares que Ofelia visita en su mundo de ensueño nos sonarán a algo recóndito, a alguna página que hace mucho que leímos, a algo olvidado que en lugar de repetirse se reinventa, y aquí Del Toro se distingue claramente de El espinazo del diablo. Aunque la exageración llega a acentuarse mucho más —los poco creíbles y aparatosos encontronazos entre maquis y fascistas, la apariencia estereotipada del capitán interpretado por Sergi López con violencia contenida, similar a los nazis de Hellboy—, se trata de una amplificación consciente y necesaria para que pueda equipararse con el mismo engrandecimiento de la fantasía que construye Ofelia. A cada barbarie cometida en el mundo real se sucede un acontecimiento todavía más terrorífico en el juego de la niña. El fauno, como el capitán facha, condenados ambos a la desaparición en la memoria —no en vano el primero comenta que ha recibido muchos nombres perdidos, y al segundo se le condena con la supresión de su identidad—, los dos portadores de la llave para unas pruebas regidas por el fatídico número tres. Unas pruebas que se reducen a la clásica trama de búsqueda, en este caso paterno-filial, y en las que lo fantástico no actúa como un hilo conductor, sino como un plano donde lo horripilante se multiplica hasta llegar al terror más absoluto: la misma realidad. Del asco de un sapo de cuento en las entrañas de la tierra al escalofriante banquete que se esconde tras la pared del cuarto, presidido por una criatura albina que ve con las manos y roza con sus uñas negras a una niña cada vez más consciente de que la última y más dura prueba sucederá a plena luz y bajo la mirada de todos los que no creen en hadas. Aunque en principio desconocemos si esa fantasía es un simple producto de la imaginación de Ofelia o si en verdad ha accedido a un portal mágico, pronto obtenemos la respuesta en la conclusión de la segunda prueba, cuando Ofelia vuelve a su habitación por una puerta distinta, rompiendo las reglas físicas y espaciales.

    Si bien existe una cierta descompensación entre la parte fantástica, menor, pero más publicitada, y la parte realista, la predominante, El laberinto del fauno maneja con pulso los tonos adulto e infantil que terminarán fundiéndose en uno solo, en un desenlace donde puede leerse cierta esperanza en la entrega del niño inocente a un mundo limpio. Sin embargo, todos conocemos el final de los maquis y el fauno cierra la fábula con la misma melancolía con la que empezó a narrárnosla. Esta oda sangrienta, deconstrucción visual, estética, sensorial y semántica del imaginario feérico, firma lo fantástico como el doble de una realidad cuyos espantos nada tienen que envidiar a los que se imagina Ofelia; y lo reafirma el personaje de Sergi López al fingir su muerte con una navaja de afeitar ante el espejo. Maravillosamente interpretada, cargada de un romanticismo putrefacto que conserva la indiscutible belleza de antaño estropeada por las telarañas, El laberinto del fauno se convierte en las grandes esperanzas de Del Toro, pero despojadas de cualquier humor inservible para aliviar el sufrimiento. Es por ello que su atmósfera lodosa y fría convierte en témpanos de hielo las nanas —un recurso ya visto en cintas como La semilla del diablo o Los otros— y las huidas de las garras del lobo, en una persecución final con reminiscencias a El resplandor, de Stanley Kubrick.

    El universo particular de Del Toro, cuyas intenciones no se alejan del más afortunado Shyamalan, parece que ha conseguido despojarse de las imposiciones de estudio y de ideas ajenas, revelando el poderío de su sutileza, su narrativa directa y a veces muda, su capacidad para recurrir a un género sin caer en su contemplación y utilizándolo para un fin más profundo. La desesperanza que desprende El laberinto del fauno es la que corresponde a la muerte como una parte ineludible de la vida, y en ambas la fantasía resulta igual de increíble y oscura. Por saber combinar estas razones, la forma visual y argumental con las intenciones de un cineasta creativo, El laberinto del fauno se apaga como un ensueño contradictorio. Dulce y roto. Un trozo de lúgubre hermosura en una industria española incapaz de ver con nuevos ojos las historias de siempre.


    (Fuente: La Butaca)


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