“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA
  • Ir tirando
    Por Ismael Alonso

    Mundo grúa es, en cierta forma, cine militante. Si, es cierto, eso de cine militante suena a revolucionarios con una cámara super 8 empuñada como si fuera un Kalashnikoff y la verdad es que es una denominación más cercana a la legendaria refriega del 68 que a las modernas y elitistas escuelas de cine. Lo de cine militante, además de las connotaciones bélicas que sugiere, parece un poco fuera de onda y queda como termino más apropiado para referirse a La Chinoise de Goddard que a nada que se haga en la actualidad. Hacer cine (y, sobre todo, lograr exhibirlo) resulta tan caro que uno no se la puede jugar con protestas, mensajes subversivos ni denuncias; el cine de ahora es para consumo puro y duro, ya sea de orden espiritual o simplemente visceral, acompañado de un buen puñado de palomitas de maíz.

    El caso es que, de vez en cuando, uno tropieza por esas pantallas de Dios con lo más parecido a ese cine de combate al que aludía, aunque ahora las motivaciones estén más diluidas y las consignas ya no se griten con tanta fuerza. Mundo grúa es de esa clase de cine. Es una película difícil de ver, no porque sus imágenes sean hirientes, ni su argumento hermético, ni su puesta en escena ultravanguardista. No es nada de eso. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a saber discernir realidad de ficción, a diferenciar vida cotidiana y cine, que cuando nos ponen delante de las narices un trozo de verdad, pues como que lo olisqueamos sin prestarle demasiada atención, porque, seamos sinceros, ¿quién quiere comprase un espejo en lugar de un televisor? ¿Quién prefiere ver sus miserias cotidianas a contemplar un rectángulo lúdico iluminado por un proyector? ¿Alguien realmente desea asomarse al abismo y que este le devuelva la mirada? Pues no, y ese el problema de Mundo grúa, que de puro real resulta, por momentos, poco interesante.

    Pablo Trapero, su director, no aporta tesis, y el mensaje lo ha de poner el espectador y, a estas alturas, eso no es que sea pedir demasiado, es que, simplemente, difiere de la finalidad propia del cine. La realidad filmada esta ahí, ante los ojos de su director y de todo aquel que acuda a la sala, pero el cine exige ver la mirada de otro, el cine no es simplemente una cámara, sino la mirada de un director tras esa cámara; el buen cine exige una postura, una actitud y una militancia que Trapero elude.

    Eso de filmar un trozo de la vida de alguien, no ya como si de un documental se tratase, sino como si fuera un trozo del mismo, sin principio ni fin, no es plato de gusto para todo el público. Mundo grúa es una película hasta cierto punto interesante (pero malograda) sobre la juventud perdida, sobre mendigar una dignidad, sobre la agonía lenta e irreversible de todo ser humano, pero también es el retrato intermitente de una generación de argentinos que pasó su juventud en dictadura, una generación desubicada, y para ilustrala se nos muestra la biografía de un aspirante a nada, de un eterno quiero y no puedo. Trapero filma en un estilo naturalista con un blanco y negro sucio pobremente iluminado y con un sonido roto que responde al deseo semidocumental del filme y a las carencias económicas de la producción.

    En definitiva, una pelicula que no es para todos los gustos, pero que guarda indudables atractivos en un mundo audiovisual dominado por la estupidez, los falsos sentimientos y el presupuesto desorbitado. La modestia es aquí una virtud y tras ver la película solo cabe seguir tirando, quemar vida y que Dios, Evita y Carlitos Gardel repartan suerte.



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