“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA
  • Notas para la reeducación
    Por Julio Rodríguez Chico

    La directora sueca afincada en Venezuela Solveig Hoogesteijn saca la cámara a la calle y rueda en las barriadas marginales de Caracas, allá donde la infancia apenas dura un instante, y donde la pobreza y la violencia conviven con el analfabetismo y la explotación. Su intención no es solo recrear esos ambientes sórdidos para hacer una crítica social, sino apostar por las posibilidades que hay en cada persona y por el papel educador que la música clásica tiene en sí misma. Su capacidad para fomentar la sensibilidad del niño, y especialmente la disciplina y exigencia que comportan su aprendizaje metódico, la convierten en la mejor medicina para rescatar a esos pequeños y reintegrarlos en la sociedad.

    Maroa es una jovencita de 11 años que vive con su abuela, inmersas en un ambiente de delincuencia, droga y prostitución. Mientras que los niños venden revistas y estampitas o roban a punta de pistola, los mayores comercian con su cuerpo, se ganan la vida con buenaventuras u otras triquiñuelas que les reporten algún beneficio. Un robo con asesinato incluido llevan a Maroa a un “albergue” para menores, después de ser acosada brutalmente por un policía sin escrúpulos. Pronto el profesor de música ve en ella un talento que puede ayudar en su regeneración, la incorpora a su orquesta y surge una estrecha relación que les hace fuertes frente al desamparo y la soledad en que viven.

    La película Maroa arranca con fuerza y buen ritmo, muy cercana a una realidad callejera dura y dramática. Con rápidos brochazos de cine realista, el espectador rápidamente se hace cargo de la marginalidad en que viven unos niños sin padre y sin escolarizar, con tempranos conflictos existenciales, y que respiran un clima de revolución social en que el marxismo echó mano de una fe sin Dios para generar odio y violencia. Sin duda, asistimos a un realismo moderado, porque la verdad debe ser más desasosegante y está lejos de la crudeza de Amores perros (González Iñárritu) o Ciudad de Dios (Meirelles), pero es suficiente para hacerse cargo de una problemática real. Es la experiencia personal vivida por la directora, que trabaja con 200 niños reinsertados gracias a esos programas de orquestas infantiles promovidos por la UNESCO, y que logran reemplazar el arma de fuego por el instrumento musical.

    Sin embargo, algo falla cuando nos adentramos en el albergue y en el mundo civilizado: el guión se estanca en varias ocasiones, acaba resultando previsible y pierde capacidad dramática. La excelente puesta en escena y la espontaneidad interpretativa de Yorlis Domínguez, con unos primeros planos llenos de inocencia y descaro, no son suficientes para generar emociones en el espectador. No parece acertado el casting hecho con Tristán Ulloa para un difícil papel —máxime al tener que trabajar con una verdadera niña de la calle—, que exige mayor carga emocional: su interpretación, un tanto fría y envarada, no aporta intensidad en su relación con la niña ni aprovecha las posibilidades que la música ofrece como vehículo de sentimientos. Al final, parece un tanto impostado, incorporado a un mundo que no es el suyo, no solo porque no sea natural del lugar, sino porque en su interior no bulle el desgarrón existencial ni la pasión por la música que debería.

    En ese retrato social resulta interesante la diferente mentalidad que profesor y alumna trasmiten, y que hablan de mundos distintos y hasta opuestos: en él la relación paterno-filial de acogida a la niña desamparada se sobrepone a la atracción física, y sabe preservar esa inocencia y respetar su desvalimiento; en cambio, ella se enamora y responde de la única manera que conoce, ofreciéndose por entero también en señal de agradecimiento a quien la ha aceptado como es. Cultura y formación sistemática frente a una bondad desestructurada y cultivada al ritmo del rap callejero: dos mundos, el civilizado y el marginal, llamados a convivir en solidaridad, sin enfrentamiento —se apunta una dura crítica a la violencia policial— ni explotación de los indefensos.

    Cine social y testimonial que llega de Sudamérica, que no alcanza el nivel de otros títulos recientes como María llena eres de gracia (Joshua Marston), pero que nos acerca a tristes realidades que unos se empeñan en controlar mientras otros intentan reconducir. Mirada positiva y constructiva de alguien que ama al país que la acogió y que siente la responsabilidad de hacer algo por esos rostros que luchan por sobrevivir, que esconden una necesidad de afecto y de creer en sus posibilidades.


    (Fuente: La Butaca)


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