“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

ENTREVISTA


  • Lucrecia Martel: “No hay que filmar tanto, no tengo tanto para decir”

    Luego de casi diez años sin filmar, la directora estrenó ayer en Venecia Zama, su esperada adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto que aquí se anuncia para el 28 de setiembre.

    El mexicano Daniel Giménez Cacho protagoniza Zama, una historia de tono kafkiano sobre una larga y solitaria espera. 

    Son las 9.50 de la mañana y Lucrecia Martel aspira con gusto su puro cubano. Los fuma desde los nueve años. No parece nerviosa, pero la cineasta salteña estrena en el Festival de Venecia su primera película en casi diez años: Zama.

    Inconfundible con sus gafas puntiagudas de cristales oscuros, atiende a la prensa en el hotel Excelsior, el de las grandes estrellas, vestida con camiseta marinera a rayas y pantalón blanco, un guiño seguramente involuntario a los gondoleros de la ciudad que acoge su esperado trabajo, en el que vuelca a la gran pantalla la novela homónima del mendocino Antonio di Benedetto.

    Zama se centra en un funcionario de la Corona española en América que, a fines del siglo XVIII, espera su traslado desde la zona remota que habita a un puesto de mayor prestigio como Buenos Aires, Lima o Santiago de Chile.

    El papel está interpretado por el actor Daniel Giménez Cacho, en el que muchos han considerado como uno de los mejores roles de su carrera. El actor mexicano comparte cartel con la actriz española Lola Dueñas. Además, la película cuenta en la producción con el apoyo de Pedro Almodóvar, Gael García Bernal y Diego Luna.

    Zama transporta al mundo colonial español y sumerge al espectador en la experiencia vital del protagonista que, cansado de esperar un traslado, se ve arrastrado por su desesperación. Y todo ello en un entorno en el que la naturaleza es salvajemente abrumadora. ¿Era esa su intención?

    -Cuando uno hace una película, lo que uno desea es compartir con el espectador una percepción del mundo. Ya proponerse eso suena ambicioso y podría hasta resultar un fracaso, pero toda esa conjugación de sonidos, de imágenes y decisiones de imágenes en torno al color, al encuadre, a los personajes, a cómo hablan, son todas elecciones que uno hace con el propósito de sumergir al espectador en un universo que desea compartir.

    -¿Qué fue lo que le atrajo de la novela de Antonio di Benedetto?

    -Es una novela previa al boom latinoamericano de García Márquez. Es una novela existencial, muy particular porque es de un existencialismo latinoamericano. Y lo que a mí me interesó de la novela es que, cuando se habla de ella se dice que es un novela sobre la espera, casi kafkiana. Sin embargo lo que a mí más me interesó es el tema de la identidad como una trampa.

    Si uno fuese más flexible respecto a quien es uno, y en general eso en las mujeres sucede más que con los hombres, el fracaso sería algo menos estrepitoso. El fracaso es cuando uno tiene una expectativa muy concreta de lo que quiere y una idea muy particular de quién es.

    La identidad es algo rígido y la rigidez hace que el individuo se quiebre. Para mí es un personaje que tiene una visión muy rígida de si mismo.

    -Esta película habla de identidad en un mundo que se está desmoronando, pero al mismo tiempo tiene una lectura moderna, porque se trata de un personaje que está aferrado a un sistema.

    -Sí, pero sobre todo a miniestructuras de poder que puede haber en ese lugar donde él está. Todo lo que está fijo, sufre. Todo lo que va y viene con el agua sobrevive. Pero sin embargo nuestra cultura se ha empecinado en la rigidez, la identidad, el individuo, el sujeto, ser alguien, tener un título, tener un título de lo que sea.

    Todas esas cosas que nos alejaron de lo nómada nos han vuelto lo psicópatas que somos. Nuestra cultura es una cultura de psicópatas.

    -Hay un hilo conductor en los protagonistas de tus películas (La ciénaga, La niña santa o La mujer sin cabeza) que es el deseo y que también se da en Zama.

    -El deseo, lo que tiene de interesante, es que tiene una raíz más física que todo lo otro. El deseo se va abriendo sus caminos como puede.

    Todo lo que nosotros hemos construido casi conspira contra el deseo, esa fuerza enloquecida. Lo que yo siento en común con las otras películas, que es lo que me interesa del mundo, son los personajes que están en los márgenes del poder, que no tienen el poder, son gente que está rasguñando los bordes el poder.

    O el mundo de las mujeres; lo que es fascinante de su mundo, y es una de sus virtudes, es cómo lograron armar toda una civilización femenina en los márgenes del poder. Es muy fácil ver eso en la violencia de género. La violencia de los hombres es la incapacidad de manejar la frustración.

    En cambio nosotras estamos acostumbradísimas, si no se puede por aquí, nos vamos para el otro lado. Estamos muy acostumbradas a que por muchos lugares no se puede.

    -Con apenas cuatro películas de ficción usted está considerada una directora de culto.

    -¿Sabés qué? Es una gran noticia para los que estudian cine: no hay que filmar tanto. Es una idea ecológica, no hay que llenar las góndolas de películas de uno ¿Tanto tenés para decir? Yo no tengo tanto para decir ni tantas ganas de trabajar.

    -Esa ha sido la razón por la que ha tardado casi diez años en hacer esta película...

    -No, estaba distraída haciendo otras cosas. Quizás no estuve haciendo cine, pero no estuve lejos de lo que me interesa.

    -Como alimenta su cinefilia, ¿va mucho al cine?

    -Poco. Yo vengo de una provincia como Salta, donde no tenía casi ninguna chance de una educación cinéfila. Yo me crié con la televisión, leyendo, y sobre todo con la tradición oral, con los cuentos, conversando. Para mí, una fuente absoluta de inspiración es la conversación, conversar con la gente y escuchar lo que dice la gente.  

    Voz de referencia

    Nacida en Salta el 14 de diciembre de 1966, Lucrecia Martel llamó la atención desde su ópera prima La ciénaga (2001), distinguida en la Berlinale.

    Compitió en el Festival de Cannes con La niña santa (2004) y con La mujer sin cabeza (2008) y, pese a no contar con una abultada producción a sus espaldas, está considerada una de las voces de referencia del cine latinoamericano.

    El director de la Mostra veneciana, Alberto Barbera, anunció la exhibición en el festival el documental Años luz, realizado por el director de fotografía argentino Manuel Abramovich, sobre el rodaje del film de Martel.

    Luego de Venecia, Martel llevará Zama a los festivales de Toronto y Nueva York. Su estreno argentino está previsto para el 28 de setiembre.



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