“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

ENSAYO


  • Los comienzos de Fernando Birri
    Por Jorge Ruffinelli

    Hacia 1961 los antecedentes cinematográficos de Fernando Birri eran inusuales, si algún término les fuera pertinente. Sus actividades vinculadas a la cultura habían estado encaminadas hacia la poesía y el "teatro de títeres" (fundó y dirigió en esta última actividad, "El Retablillo de Maese Pedro").

    En rigor, si alguna formación académica tuvo entonces fue la que le dio Europa con su viaje a Roma en 1950, donde estudió en el Centro Sperimentale de Cinematografia (1950-1952), casi coincidiendo allí con Gabriel García Márquez (1954) y con Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa (ambos de 1951 a 1953). La experiencia romana fue tan importante en los cincuentas como más tarde, cuando estableció en Roma su domicilio. En ese primer viaje filmó un documental, "Selinunte", y fue fugaz actor en una película italiana (Gli sbandatti, 1955, de Francesco Masselli), asistió a Carlo Lizzani en Ai margini della metropoli (1953), a Vittorio de Sica en Il tetto (1954), y luego, con Emilio Indio Fernández, reescribió Las abandonadas en 1955. En realidad eran todas éstas actividades múltiples de un aprendiz.

    Entonces regresó en 1956 a Santa Fe de la Vera Cruz. Tenía 30 años y el deseo de insertarse productivamente en el medio. Fundó el Instituto de Cinematografía de la Universidad del Litoral, y ese título, que podría sonar presuntuoso dada la escasísima infraestructura y la ambición desmedida e ilógica de hacer cine en provincias -y no en Buenos Aires-, se acompañó sin embargo de un proyecto intermedio al cine que dio magníficos resultados. Me refiero al fotodocumental, una verdadera exposición secuencial de fotografías, sobre un tema, que hoy podrían considerarse storyboards de films en su etapa preparatoria. Y eso era en efecto el fotodocumental, porque pronto dio paso a una película notable: Tire dié (primera encuesta de tema social) y a otros 18 documentales (de diferentes directores) realizados en el plazo de cinco años, así como al primer largometraje de Birri, Los inundados. Los jóvenes santafecinos consiguieron atraer la atención de críticos y público incluso sobre esos materiales preparatorios que aún no se justificaban en obras fílmicas. Entre otros comentarios, el de Tomás Eloy Martínez resultó significativo porque encontró allí un proyecto nacionalista: "El país, o al menos un rostro del país, respira en las imágenes de estos futuros films. Haber descubierto ese rostro, hablar con las mismas palabras que le hemos oído [a Birri] alguna vez en lo vivo, no sólo es importante: es insólito".

    Más insólito era, ese mismo 1958, que recibieran el siguiente comentario escrito del célebre documentalista y teórico británico John Grierson, que había visto la exposición en Montevideo (durante el III Festival del SODRE): "Es un espléndido ejemplo de método de enseñanza y el primero que he visto que contribuya tan simplemente y tan bien al aprendizaje de cómo hacer un film. Ustedes van a la raíz de esta materia captando las imágenes esenciales y forzándolas por medio de los epígrafes a entregar su contenido. Es ésta una contribución notablemente simple pero a la vez profunda".

    Tanto Tire dié como Los inundados fueron preparados como fotodocumentales. Cuando en 1961 Birri reunió diversos textos (ensayos, informes anuales, programas de la escuela de cine) en un libro titulado La escuela documental de Santa Fe, señaló su preexistencia a los proyectos de cine. De alguna manera había que hacer un Instituto a través del cual realizar el cine que ansiaban.

    Los inundados (1961) es la historia tragicómica de algunas familias de la norteña provincia de Santa Fe, Argentina, damnificados por las inundaciones que cíclicamente se abaten sobre la región, pero se concentra ante todo en lo sucedido a la familia Gaitán: Dolorcito, su mujer Optima, varios hijos, y entre ellos la adolescente Pilar. Desde la primera toma -de diversos objetos caseros que flotan-, la película muestra su decisión de incluir humor en la tragedia. Sin perder de vista la humanidad de sus personajes, evita con cuidado convertirlos en prototipos de explotados sociales, pero tampoco pierde de vista numerosas oportunidades de satirizar a los políticos, al gobierno, a la burguesía pretendidamente "solidaria", a la burocracia, y hasta a sus propios personajes humildes.

    Dolorcito despierta literalmente inundado: baja los pies de la cama y se encuentra con que el agua invade la habitación. Su mujer le reprocha, "Yo te lo decía...", en el mejor estilo rioplatense de recriminación gratuita. A partir de ese momento, se suceden las situaciones tragicómicas, y lo que más se le agradece a la película es su constante sentido del humor, a través del cual logra criticar dicharacheramente los vicios sociales y políticos referidos. El gobierno -en plena época electoral- promete construir el "tajamar" ya otras veces prometido; los candidatos explotan la desgracia de los "inundados" en beneficio de su partido y elaboran discursos demagógicos. Hay diálogos absurdos, como el del abogado Canuga cuando intenta evitar la desocupación judicial de los vagones de tren parados y convertidos por emergencia en casa-habitación. Es aún más cómica la secuencia en que Dolorcito ya no se despierta inundado sino en movimiento: han prendido el vagón-casa a una locomotora y él y su familia viajan con rumbo desconocido. Luego, la burocracia enreda su madeja: se abre un expediente para investigar el caso del vagón (ya célebre en todo el país, gracias a los periódicos), y mientras tanto la familia Gaitán no puede regresar a Boca del Tigre, de donde partiera.

    Cuando al fin llega el expediente, ellos han empezado a sentar raíces en el lugar en que han sido arbitrariamente parados, y tienen nuevas amistades, y Dolorcito ha ganado un juego de bochas. Otra secuencia antológica ocurre cuando el jefe de estación, harto de los visitantes, da salida al tren y Dolorcito debe correr y perseguirlo, mientras hijos, esposa y perros lo animan en su carrera. De regreso al pago después de la aventura, el paterfamilias reflexiona en voz alta, con nostalgia: "Aquello sí que era vida. Ahora vaya a saber pa' cuándo será la otra inundación".

    La película es un sabroso retrato de la cultura popular, puntuado por sambas camperas de Ariel Ramírez y payadores vernáculos. Sin embargo, Birri se encontraba más cerca de su fresca experiencia italiana y la influencia neorrealista (aunque en Italia el Neorrealismo hubiera perdido vigencia) que del folklorismo tradicional. La película posee un tono neorrealista, por el sector social originario de sus personajes principales, por la escenografía "natural" (aunque cuidada al detalle) y por el empleo de muchos actores igualmente "naturales". Estos actores (mezcla de actores profesionales, payadores y vecinos) cumplen su papel a la perfección, asistidos por un guión preciso y punzante, y por una fotografía espléndida, y parecen en todo momento disfrutar las circunstancias humorísticas compartiendo ese gozo con los demás.

    Lo que distingue aquí a Birri de sus coetáneos, a diferencia de otras películas sociales de la época, es el calor humano con que se diseñan los personajes, así como su voluntad de exhibir el carácter aprovechado y pícaro de los mismos. Aunque todos viven al borde de la excentricidad, no hay caricaturas, y el humor no se produce sólo a costa suya, sino ante todo por las situaciones vividas. Así, cuando la familia Gaitán comienza a recorrer la República Argentina porque algún burócrata ordenó sobre el papel el enganche de su vagón, la situación es cómica pero la burla se orienta hacia la burocracia. El otro blanco de la crítica mordaz es la política, y hay abundantes situaciones que dejan en claro la hipocresía de los candidatos, así como el sabio escepticismo de los pobres.

    La producción de este film fue totalmente marginal respecto a la industria cinematográfica argentina; se basaba en un cuento cuyo autor había muerto muchos años antes, y dependió ante todo de la iniciativa, el talento y la energía de Fernando Birri y sus colaboradores, así como del apoyo sui generis de la Universidad Nacional del Litoral.

    *Fragmento de un ensayo inédito sobre el cine de Fernando Birri y el de Leonardo Favio.
    Jorge Ruffinelli es profesor en el Departamento de Español y Portugues de la Universidad de Stanford, en California.

    [Los autores de los documentales de la Escuela de Cine de Santa Fe, mencionadoa arriba en el texto, fueron: Elena de Azcuénaga, Edgardo Pallero, Juan F. Oliva, César Caprio, Hugo Abad, Enrique Urteaga, José Ayala, Hercilia Marino, Nelly Borroni, Edgar van Isseldyk y Fernando Birri].


    (Fuente: www-sul.stanford.edu)


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